…Y LA CASA CRECÍA, TEATRO SIN REMATAR

Insólito resulta que el autor y director de una obra dedique un extenso texto en el programa de mano para quejarse de que no se le hayan estrenado sus obras en el Teatro María Guerrero desde hace muchos años; y que además haga una enmienda a la totalidad de las decisiones de programación de los anteriores responsables de éste teatro (incidiendo en la programación de obras de autores extranjeros). Resulta no menos sorprendente que se despache explicando los cargos que ha tenido en otras entidades culturales, redactando una especie de mini currículum vitae con el que alertar al espectador sobre la importancia de su persona. Tal vez debería el señor Campos García haber enviado un artículo de opinión a un periódico o una carta al Ministerio de Cultura. Al final de su descalificación de la libertad de programación de los responsables de éste teatro público durante los últimos cuarenta años explica que “…y de la obra no les digo [escribo debería de ser, porque está escribiendo] nada”. Acaba con lamentaciones como que lleva muchos años haciendo teatro en precario y que es su deseo que no vuelvan a pasar cuarenta años antes de volver a estrenar en el Centro Dramático Nacional. En cuanto a la denunciada escasez de medios, desde luego esta función resulta un completo resarcimiento para Jesús Campos García, pues …`Y la casa crecía´ emplea un apabullante despliegue de escenografía movible. En mi calidad de espectador y de contribuyente del Ayuntamiento de Madrid, espero que en la decisión acerca de cuando volver a poner en cartel una obra de Jesús Campos García tenga más que ver la reacción del público que su extemporáneo alegato.

Vista la función me parece que esta gira alrededor de dos  imaginativas y prometedoras ideas fuerzas: una casa que crece y que se complica y una sorprendente ventaja que se vuelve en desventaja. Se trata además de una ambiciosa obra de teatro fantástico con aspiraciones cómicas, que trata de incluir relaciones estereotipadas como las de una familia formada por excéntricos ancianos aristócratas y un joven ambicioso sin el sentido tradicional de sus padres; también incluye personajes pintorescos como una asistenta cubana que es licenciada en bellas artes y revolucionaria, además de espía… Toda la trama tiene una importante endeblez desde la premisa que da lugar a la comedia: que a cambio de cien euros y unas condiciones de mantenimiento una anciana alquila a dos funcionarios de clase media un palacio lleno de obras de arte a espaldas de su  heredero. Absurdo a partir de cual se van sucediendo nuevos absurdos que por la endeblez de los diálogos no llegan a producir carcajadas; el espectador se sonríe en bastantes diálogos prometedores en cuanto a su planteamiento, pero que no llegan a funcionar del todo. La excepción es la brillante escena hacia el final del diálogo entre tres crucificados; está muy bien planteada e interpretada; si toda la obra tuviera el nivel de esta hubiera resultado una función muy entretenida, porque el asunto es muy interesante.

Lo que ocurre con el teatro fantástico es que es un género en el que resulta especialmente difícil sorprender al espectador, habituado a lo que el cine y la televisión nos ofrecen empleando unos recursos muy superiores a los habituales en un escenario. Pero no es éste el fallo de `…Y la casa crecía´, que precisamente destaca por un espectacular despliegue de movimientos escenográficos y toda clase de elementos decorativos del primer nivel. Lo que falla es el texto, que no está rematado. Los personajes más estereotipados y prometedores —los decadentes Don Ruperto, Doña Aurelia y Don Guillermo y el petulante heredero— no acaban de perfilarse bien, girando la mayor parte de unos aprovechados funcionarios que no acaban de resultar ni convincentes ni cómicos. Algo parecido pasa con los difícilmente imaginables pasajes clave de la acción: el convertir una casa alquilada en empresa cotizada en Bolsa es algo inimaginable, como la entrada de toneladas de armas y la transformación del heredero en momia de faraón; demasiados cambios mal explicados y sin hilar.

En escena están varios intérpretes como mucho oficio, Fernando Albizu, Ana Marzoa y Samuel Viyuela González le sacan el máximo partido a sus personajes, siendo brillante la interpretación de los crucificados que hacen tres secundarios que no soy capaz de identificar (y bien que lo siento, pues es lo más divertido de la obra). Hacia el final de la función que yo vi se ausentaron cuatro espectadores de las primeras filas, siendo de conmiseración los aplausos que el público dedicó a los resignados intérpretes al salir a saludar. El teatro fantástico, o es muy bueno o no hay quien lo aguante; solo en mi fila, hacia el final de la función había tres personas con el móvil mandando o recibiendo mensajes, prueba evidente del interés de la obra. Es una pena porque la idea de `…Y la casa crecía´ es muy buena y el despliegue escenográfico resulta fenomenal. Un buen guionista debería de hacer una versión con diálogos más vivos, y una ampliación de las participaciones de los tres personajes con más tirón; dada la escasa duración de la obra (una hora y media) es posible añadirle diez o quince minutos más y que quede rematada con ella se merece.

Texto de Ignacio Suárez-Zuloaga.

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