En el Estanque Dorado Teatro Bellas Artes de Madrid

El desafío de representar en el teatro una obra que ha sido llevada al cine con enorme éxito mundial por algunos de los gigantes del celuloide, solo es posible cuando los actores y la puesta en escena están a gran nivel. Esto es lo que ha ocurrido con la excelente función de en El Estanque Dorado Teatro Bellas Artes de Madrid. La acción coincide en lo esencial con el filme pero tiene algunas sustanciales diferencias que se agradecen, y que quien esto escribe opta por no desvelar, de modo que evitemos restar disfrute al espectador que confía en éste blog de España Fascinante.

Desde el comienzo el escenario queda lleno por la presencia de dos grandes de nuestra escena como Hector Alterio y Lola Herrera, que comienzan con un duelo interpretativo en el que se contraponen los cáusticos, pesimistas, graciosos —y en ocasiones, muy hirientes—comentarios del anciano Norman (Alterio), frente a la lógica, positiva, cariñosa y generosa respuesta de su esposa Ethel (Herrera). Los brillantes diálogos cautivan inmediatamente, haciéndonos reflexionar acerca de los sentimientos de un anciano extremadamente inteligente que se enfrenta de forma derrotista al final de su vida; en tanto que su menos inteligente pero más lista y joven esposa trata de reconducir el comportamiento de su marido. La trama tiene lugar en un sitio muy especial para la pareja, la cabaña al lado del estanque dorado en el que el matrimonio vienen veraneando desde hace 48 años; es decir, que se trata del lugar en el que ambos han conseguido una gran parte de los mejores recuerdos del matrimonio. Para representarlo escenográficamente, Gabriel Carrascal emplea un fondo de bosque sencillo y eficaz para ambientar el contexto idílico en el que se produce el drama.

Un tercer personaje clave es la hija Chelsi, pues la pésima relación entre padre e hija es relamente el gran asunto por resolver que le queda al inteligente Norman antes de morir. Ha acumulado mucha sabiduría pero no supo llegar a entenderse con una hija a la que agobió hasta el punto de que ella le evita. Esa es la gran cuestión subyacente, la inteligencia no es suficiente para ser feliz; aunque se tenga una esposa maravillosa y un lugar idílico. Incluso la inteligencia puede ser un obstáculo, pues el protagonista juzga a todos desde su altura, demostrándoles que no están al nivel que el considera suficiente. El problema padre – hija encuentra un catalizador en la aparición de un adolescente que rompe los esquemas del soberbio gruñón, creando un nuevo escenario de relaciones familiares.

Además de la eficaz escenografía y las poderosas actuaciones de Alterio y Herrera, me ha gustado la corta pero brillante actuación de un personaje secundario, pero importante en la matización del conocimiento de la forma de ser del protagonista y en el desarrollo de la acción. Se trata de la interpretación de Bill Rey (novio de la hija Chelsy) por parte de Camilo Rodríguez; el intérprete sabe mimetizarse en un complicado personaje que engaña al espectador y pone de manifiesto la estupidez de dejarse llevar por las primeras impresiones. Unos de esos detalles que ponen de manifiesto los finos y poderosos mensajes que el texto de Ernest Thompson lanza al público. Una vez más, además de disfrutar, el espectador se va a casa con bastante sobre lo que reflexionar. Teatro, verdadero teatro, vamos…

Texto de Ignacio Suárez-Zuloaga.

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