¿El cielo que me tienes prometido?

Cuando una escena está extraordinariamente bien planteada incluso puede resumir toda una función. Eso sucede en ‘El cielo que me tienes prometido’ cuando Teresa de Ávila se va despojando de sus hábitos mientras muda drásticamente el monólogo que a Dios está dirigiendo: de comenzar a desvestirse con un discurso ortodoxo y respetuoso, a acabar de quitarse el hábito con una declaración de amor a Dios más propio de una amante esposa. Es el momento cumbre de la obra; incluso inolvidable. Desgraciadamente, el resto de la función no mantiene esa brillantez. Diosdado escribió un complejo texto de gran ambición, en el que trata diversos tipos de amor en el contexto del siglo XVI. Nuestra gran dramaturga —empleando el recurso literario que popularizó William Shakespeare— se vale para ello de un acontecimiento real entre dos personajes históricos. El espectador debe ser consciente de que no se trata de un texto con aspiraciones de historicidad, si no de una obra de ficción que emplea la historia como recurso creativo que ayude a situarse al público. Por tanto resultan incomprensibles las declaraciones del ayudante de dirección Diego Sabanés a Europa Press afirmando que la obra “muestra todos los aspectos de su personalidad” (de Teresa de Ávila).

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El asunto principal que suscita Ana Diosdado es el de los tipos de amor. Partiendo de tres personajes presentes y tres ausentes plantea una especie de taxonomía amorosa: Ana de Mendoza y su fallecido esposo el Príncipe de Éboli (no representado), la novicia Mariana que sigue enamorada de su pretendiente Pedro Villegas (no representado), Teresa de Jesús enamorada de Jesús de Nazaret (no representado) y también se sugiere que el monje Juan de la Cruz (no representado en escena, pero que se hace presente mediante la voz de Emilio Gutiérrez Caba) pudiera estar enamorado de Teresa de Jesús. Un segundo asunto de la obra —tratado con bastante ligereza por la autora— es el debate entre la vida austera de la monja y las opiniones hedonistas de Doña Ana de Mendoza; la autora insiste por boca de la aristócrata que se debería atemperar el régimen interno del monasterio, siendo la monja fundadora quien les atormenta con reglas absurdas. Aquí la falta de historicidad llega a ‘crujir’ un poco demasiado, pues la razón de ser de la reforma protagonizada por Teresa de Jesús fue precisamente acabar con el excesivo relajamiento de las monjas carmelitas, que pasan a vivir en sus conventos de ‘descalzas’ sin las comodidades del resto de edificios de la orden; si se sabe algo de los acontecimientos se acaba por no entender el argumento: Ana de Mendoza las trae a las austeras, las critica por ser austeras… Para que ‘cuadren’ los despropósitos del argumento resulta que ya están en el monasterio (o en otro cercano sin identificar) otras monjas menos rigoristas para sustituir a las carmelitas que se acaban de escapar. Pero ¿no era una sorpresa que se fueran? ¿como pudieran ya estar allí sus sustitutas? La escena en la que la futura santa dedica acusaciones de enorme crueldad hacia la princesa de Éboli resulta también chocante. Enfrentamiento propio de una pelea entre mujerzuelas; no entre una princesa y una monja. Increíble (literalmente). Tampoco acabo de entender que tiene que ver el título de la obra con el argumento: ‘El cielo que me tienes prometido’ y los tipos de amores y estilos de vida…

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n cuanto a lo que se interpreta sobre el escenario —salvo la ya mencionada escena— la obra no funciona. No hay magia; se está más pendiente de escuchar lo que dicen los intérpretes que de soñar despierto la acción representada. Para empezar, porque las actrices no llevan micrófonos y tanto su caudal de voz como su vocalización hacia difícil entender a dos de ellas (al menos desde la fila 9 en la que quien escribe se hallaba sentado). Los maravillosos y bien declamados textos de San Juan de la Cruz y la buena escenografía de Vertreatro Proyectos no consiguen paliar la pésima dirección de los intérpretes. Me refiero a la dirección de los artistas porque nunca critico a los miembros del elenco; en mi opinión o bien no se les debió de contratar para esos papeles o el director no les aleccionó adecuadamente. La  ineficacia de las tres actrices es responsabilidad del director. Y aquí surge una explicación adicional del pésimo resultado de la función. En el programa figura como directora Ana Diosdado; algo imposible, pues la gran dramaturga está muerta. Este ‘gesto’  —por denominarlo de alguna manera— de que la dramaturga dirija la función desde el más allá, choca; ‘licencia’ rara en un teatro de titularidad pública donde la precisión debería de prevalecer. Lo que debería de figurar es que Diego Sabanés (‘Director Ayudante’) es quien dirigió. Éste incidente me recuerda una revista de economía en la que durante muchos años siguió figurando como ‘director’ un catedrático que ya había fallecido; sus discípulos —quienes debían sus plazas a las influencias del ‘maestro’— mantenían su fidelidad más allá de la muerte, enalteciendo la memoria de a quien tanto debían; ya puede imaginarse el lector que no se trataba ni de una revista especialmente influyente ni de unos discípulos con auténtica categoría. No podía imaginar yo que hubiera semejantes paralelismos entre la escena y la academia. Aunque si se reflexiona un poco, los doctores también nos ponemos vestimentas de clérigos medievales en la entrega de diplomas y otros solemnes actos académicos; de alguna manera, ‘teatro’ también.

Acabo afirmando que ha sido muy desafortunada la idea de elegir esta función para un ciclo de homenaje, pues esta obra desmerece la gran trayectoria de Ana Diosdado. Se entiende que —al haberla escrito por encargo, cuando ya padecía la enfermedad que la causó la muerte— estuviera muy mermada. A veces lo mejor es no tener ‘discípulos’, ‘continuadores’ y ‘defensores de la memoria’ de los grandes personajes; las trayectorias importantes se defienden solas.

Texto de Ignacio Suárez-Zuloaga.

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