“Curro Vargas” es ópera disfrazada de zarzuela

El montaje de “Curro Vargas” en el Teatro de la Zarzuela es espectacular. El director de escena Graham Vick ha sabido darle una vuelta de tuerca a esta zarzuela del maestro Chapí, en el que la religión, la familia y el ejército se convierten en los pilares de la sociedad española. Una escenografía y una puesta en escena digna de una ópera, con un decorado de base giratoria que da mucho juego y aporta dinamismo al escenario.

A pesar de lo poco original y acartonado del libreto, que tiene cierto aire a “Cumbres borrascosas” (un joven que vuelve a su pueblo natal después de haber hecho fortuna para casarse con la mujer que amaba) y de un final un tanto brusco, Vick consigue sacarle el máximo jugo a través de una puesta en escena magnífica: el inicio es sublime, con esa cortina traslúcida que deja entrever a los personajes y que da un aire místico a la escena. Tampoco tiene ningún desperdicio la escena de la procesión. Una escena en la que argumentalmente sucede muy poco, pero que Vick exprime hasta conseguir lecturas muy interesantes, recreando la pasión de Cristo de una forma bellísima. Vick nos ha traído un montaje actual que merece la pena disfrutar, con pequeños detalles en cada momento que hacen que hacen que un espectáculo pase de ser un mero entretenimiento de una noche a ser una joya de arte.

Los cantantes han estado increíbles, no había ninguno que desentonase: las voces limpias, claras y potentes. Merece especial atención la soprano Saioa Hernández, con una voz enorme que llenaba el escenario. La pareja rival (perfilada por el clásico duelo tenor-barítono), tenía con Andeka Gorrotxategi, un tenor de categoría, y con Joan Martín-Royo, un barítono con clase, un éxito seguro. Tampoco hay que desmerecer a los personajes secundarios, que han sido interpretados con esmero por Luis Álvarez, Milagros Martín y Gerardo Bullón. Por su parte, el trío conformado por Aurora Frías, Israel Lozano y Ruth González explotaban su bis cómica que rebajaba con gracia la intensidad del drama. Tampoco debemos dejar de lado la parte actoral, muy bien trabajada, y tan importante en la zarzuela. Es sorprendente la capacidad camaleónica de estos artistas, tan pronto recitan un texto como cantan arias de una dificultad operística.

Por otra parte, la partitura de Chapí irradia una madurez y una complejidad más propia de una ópera que de una zarzuela. Al igual que ocurre con Marina, del maestro Arrieta, estamos ante una obra de difícil clasificación. Pero como dice el propio Graham Vick, ¿qué importa? Lo importante es disfrutar de la música. Los pasajes compuestos para el coro son brillantes y tienen una sonoridad envolvente, aunque parte del mérito se debe en gran parte al magnífico coro que tiene el Teatro de la Zarzuela. Es de matrícula de honor.

Un espectáculo redondo y digno de verse de una obra escasamente representada y que gracias al Teatro de la Zarzuela se ha recuperado en esta genial producción. Es una oportunidad única que no se puede dejar pasar.

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