CUANDO LA ADAPTACIÓN PROTAGONIZA: LA CENA DE LOS IDIOTAS

La cantidad y profundidad de los cambios que realiza el equipo de producción de una nueva versión teatral siempre suele ser motivo de debate. ¿Cuanto hay de imprescindible en la adaptación a la época? (a veces con siglos de distancia) ¿al idioma en que se va a interpretar? (con palabras y expresiones distintas) ¿a la cultura propia de la localidad de cada público? (con valores y esquemas mentales propios) ¿a la disponibilidad económica? (en tiempos de crisis, en épocas de bonanza), ¿a las características de cada espacio escénico? (tamaño, capacidades de iluminación). Muchos son los condicionantes a tener en cuenta a la hora de poner en escena cada versión.

Entre el público, hay quienes suelen estar más inclinados a comparar la obra con alguna versión anterior que le gustó mucho, dando a aquella el papel de referencia objetiva; otros ven cada caso con mente abierta, porque no se acuerdan o porque entienden que cada adaptación es una especie de obra nueva y distinta y como unidad debe de contemplarse y valorarse; finalmente, también hay aficionados a leer el texto de la obra, y – conocedores de la época y circunstancias de su autor – a emiten juicios en cuanto a la fidelidad de la adaptación y su historicidad.

Hace unas semanas desde esta tribuna criticamos una puesta en escena de Carmen en el Teatro de la Zarzuela con contingentes de milicianos en lugar de bandoleros, con sacos terrenos en vez de mantas camperas, además de saltos incomprensibles en el tiempo por los ambos de vestimenta y época sin un sentido aparente. Tuvimos muchas felicitaciones y un par de acervas críticas. En principio, nuestra posición es que el espíritu y las ideas fuerza del autor de una obra deben de respetarse, pues se trata de un texto atribuido a alguien; quien quiera hacer algo radicalmente distinto que le de un nombre diferente y que ponga en pequeñito “inspirado en…”; lo que resulta inmoral (y propio de “aprovechados”) es utilizar la reputación, el recuerdo en los espectadores de otras adaptaciones más respetuosas, para ofrecer algo esencialmente distinto al texto que escribió el autor. Si la adaptación no tiene esos mínimos de fidelidad hay que emplear otro título y advertir al público.

En el caso de la versión de La Cena de los Idiotas que ha puesto en escena Juan José Afonso en el teatro La Latina de Madrid, la adaptación tiene una actualidad candente; los actores cuentan ejemplos y emplean nombres de personajes de actualidad, con los que el público está familiarizado a través de los medios de comunicación. De éste modo, la obra resulta completamente actual. Otro aspecto destacado de la versión de Afonso es la libertad de actuación de los tres protagonistas, que aprovecha plenamente sus cualidades interpretativas. A éste respecto resulta difícil conseguir no perder atención del espectador cuando se actúa junto a un artista tan popular y carismático como Juanma Yuste (en el papel de “Carlos”), archi-conocido por sus actuaciones en programas de televisión y con una gestualidad tan característica como eficaz; porque Juanma absorbe al público, incluso sin quererlo; es la fuerza de la popularidad cimentada en tantos años de éxitos. Pues lo cierto es que David Fernández (como “Francisco”) le aguanta el duelo interpretativo perfectamente, lo cual dice mucho de la calidad de su interpretación. Un tercer protagonista de esta versión es, en realidad, un personaje secundario; pero que al estar tan eficazmente interpretado, cobra enteros y protagonismo hasta quedar en la retina del espectador como un atractivo memorable de la obra; se trata de Felix Álvarez – más conocido como Felisuco – que interpreta el papel de “Fonollosa”, un increíble (hay que así adjetivarlo, y esta es una crítica a la adaptación, a pesar de ser tan divertido) inspector de Hacienda, que desde su tardía aparición en la acción, acaba convirtiéndose en un referente clave para las conclusiones que el espectador se puede llevar de la función.

Pero al finalizar la función – cuando ya nos íbamos levantando – Yuste tomo la palabra para hacernos lo que pareció una especie de “bis” o actuación adicional. Se trataba de escenificar una promoción de la sala, por la que quienes – en lugar de tirar la localidad – le entregaran la entrada a otro, éste podría comprar una entrada nueva y conseguir una gratis. Una forma de hacer un descuento del 50% sin emplear el término, así como de ofrecer al espectador satisfecho la posibilidad de hablar de esa función a sus conocidos. Es decir, que obtuvimos novedad y entretenimiento hasta más allá del final de la función. Y apresúrense a verla, pues pronto quitan esta obra del cartel…

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