Clementina: una zarzuela con sabor italiano

Ofrecer una programación inteligente es casi una necesidad para un teatro y no hay duda de que el Teatro de la Zarzuela tiene la fortuna de estar bajo las manos de un programador de la talla de Paolo Pinamonti. Es un error pensar que el público quiere ver siempre las mismas óperas o las misma programación, todo lo contrario: el público está siempre dispuesto a escuchar cosas nuevas si se le ofrece la oportunidad. En el caso de Clementina, se nos brinda la ocasión de asistir a la representación de un tipo de zarzuela de la que estamos poco habituados a ver en los escenarios: la zarzuela del siglo XVIII. Y es que el género injustamente llamado chico no nació ayer. Quien sea acérrimo amante de la zarzuela no dejará pasar la oportunidad de asistir a esta recuperación histórica para apreciar sus orígenes y darse cuenta de que los elementos que definen la zarzuela ya se habían configurado hace 200 años.

Una ópera al estilo Mozart

Aunque afincado en Madrid, el italiano Luigi Boccherini no era ajeno a lo que se estaba cociendo en los teatros de Viena y siendo Clementina su única ópera, sorprende la capacidad del compositor de impregnarse del espíritu de la ópera de personajes. Cierto que la música de Boccherini no está a la altura de la sutileza de las partituras operísticas más conocidas del maestro Mozart, ni que el libreto de Ramón de la Cruz destaca especialmente por su argumento, pero nada de eso no le resta mérito a la labor de ambos autores: la música es bellísima y la historia nos deja al final con un sabor agridulce muy acertado.

Una puesta en escena clásica y sencilla

El polifacético Mario Gas nos regala una puesta en escena al más puro estilo clásico: sencilla y elegante, sin demasiadas florituras pero con pequeños detalles divertidísimos: no se pierdan el guiño final antes de que baje el telón, no tiene desperdicio. Un reparto muy bien escogido: tanto los cantantes como los dos actores que conforman el reparto están en su jugo, sabiendo explotar al máximo sus dotes cómicas. Dos grandes figuras de la interpretación, Xavier Capdet y Manuel Galiana, demuestran que la zarzuela no es sólo música y canto, sino también actoral. Capdet está de sobresaliente: no interpreta al Marqués de la Ballesta, es el Marqués de la Ballesta en carne y hueso. Por su parte, Manuel Galiana supo sacarle partido a un personaje que ya de por sí tiene poco interés. Los cantantes haciendo gala de grandes voces y de una musicalidad envidiable: a Carmen Romeu se la escucha con una voz bellísima y potente interpretando a una Clementina carismática y con carácter; Vanessa Goikoetxea hace de complemento perfecto para interpretar a la hermana tonta de Clementina; Toni Marsol explota al máximo la bis cómica de su personaje y nos regala con una bellísima voz de barítono; Beatriz Díaz y Carol García, aunque interpretaban dos personajes secundarios, no pasaron desapercibidas, especialmente por sus grandes voces. Por otro lado, hay que reconocer que si bien no fue la mejor función de Juan Antonio Sanabria, supo defenderse y salir del paso.

Por su parte, Andrea Marcon, el director musical, supo sacarle a la orquesta de la Comunidad de Madrid el sonido perfecto y dentro del estilo de la época.

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