Atchuss en el Teatro La Latina

Dos veces he ido ver Atchuss en el plazo de diez días. Volví ayer, porque salí de la primera con la impresión de que —con tantas risas— se me habían escapado algunas cuestiones, y porque sentí la necesidad de darme un pequeño homenaje tras un día especialmente duro. Creo que esta segunda vez he disfrutado bastante más, pues alcancé a entender lo que encierra una obra excepcional, la más completa que he visto en los últimos años. A ver cómo lo resumo sin privarle al lector de la delicia de ser reiteradamente sorprendido. Atchuss lo tiene todo: cinco variados y divertidísimos textos de Chejov, una adaptación transformadora —con dos nuevos personajes— que multiplica el recorrido escénico de la prosa original, su innovadora y eficaz puesta en escena, grandes actuaciones de los intérpretes, música de buen nivel, algunas observaciones “filosóficas” muy acertadas y bien traídas a colación, vestuario de muy alta calidad… No he encontrado crítica sustancial que poder señalar; incluso me fastidia un poco confesarlo (después de verla dos veces).

Me extiendo en algunos asuntos. Llama la atención la transformación de estos cuentos de Chejov, desarrollados por Benavent y Alfaro hasta el punto de convertir la obra en un homenaje al teatro en su conjunto. Esas narraciones cómicas de la alta burguesía rusa del siglo XIX se reinterpretan y mutan de esencia, aportando mediante el humor mensajes de alcance y provocando la reflexión. Los adaptadores/autores las eligieron con sumo cuidado: los 4 primeros textos tienen como asunto principal la inconstancia de la mujer, en tanto que el quinto cuento se refiere a todo lo contrario. La historicidad de situaciones y personajes queda en segundo plano por la carga ideológica, la naturalidad y la inteligencia de los diálogos: se ha transformado unos textos costumbristas en una obra teatral intemporal y unas situaciones cómicas banales han tornado en una comedia de lecciones de vida con mucha miga. En ello tienen un papel principal los dos nuevos personajes aportados por los coautores (así les denominó yo y que se escandalice quien quiera, incluido el Sr.Chejov que en paz descanse): el acomodador borrachín y fracasado y el fantasmagórico apuntador, que aparece en el sueño etílico del primero generando esos cinco flashes-recuerdos. Situaciones en las que el acomodador del teatro juega distintos roles; unas veces fue protagonista y otras mero espectador. El segundo personaje inventado actúa como una especia de sátiro-filósofo que implica al público en la trama, resumiendo y enfatizando ideas fuerza con gran naturalidad.

Otro aspecto a saborear es la puesta en escena. Hay dos planos deliberadamente mezclados: el escenario donde transcurre la trama y lo que ocurre tras los bastidores: los cambios de vestuarios que realizan los intérpretes para adquirir caracterizarse con su nuevos personajes se hacen a la vista del público, tras un bastidor que representa el propio teatro imaginario en el que vivió el acomodador. Resulta sumamente sugerente repartir la atención entre lo que ocurre delante y detrás de los bastidores (empiezas a imaginar para qué se estarán cambiando de ropa y caracterizando los que acaban de salir de la escena y van a volver). En las transiciones entre relatos se evidencian las radicales transformaciones de los intérpretes, que vemos con aspectos y papeles muy distintos (e incluso opuestos) con pocos minutos de diferencia. Es la manipulación total del espectador; con descaro absoluto. Al salir del teatro tras ver la obra por segunda vez sentí una intensa sensación de que la función me había pasado completamente por encima; demostrándome que en el teatro todo es posible. La desfachatez del director de enseñar todos sus recursos y seguir sorprendiendo al espectador. Sorpresa, palabra que me faltaba por escribir (y clave de esta obra). Te sorprende una y otra vez; incluso va in crescendo hasta el final, cuando ya se está sobre aviso porque te la han jugado bastantes veces.

Difícil resulta hacer una evaluación crítica de los intérpretes, pues todos están a un alto nivel. En el papel menos lucido —el del acomodador protagonista— que justifica la obra de teatro, el actor-adaptador Enric Benavent ha constituido para mi una excelente sorpresa. El otro papel inventado —el del sátiro-filósofo (un apuntador teatral aparecido en sueños)— Ernesto Alterio hace una actuación a la altura de las que le he visto a su insigne padre; es decir, sensacional: un actorazo (parece que el papel lo escribieron pensando en el). En su buen nivel habitual el popular Fernando Tejero. Fenomenal, con una intensidad interpretativa tremenda, está Adriana Ozores; destacando su arrolladora actuación en el último cuento. Las poderosas interpretaciones de la Ozores ponen en dificultades —a la hora de comparar subconscientemente— a Malena Alterio, que estando muy bien no llega tan alto. Significativo resulta que a la Alterio en algún momento se le llegara a escapar la risa. El que a una excelente actriz le siga entrando la risa después de tantos días en cartel es una buena forma de acabar esta admirativa crónica de Atchuss. Por cierto, espectador: ¿porqué atchuss? (esperamos sus comentarios).

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