Desconcertante “Arte Nuevo (un homenaje)” en el Teatro Español

Asombra que en un teatro como el Español se programen dos obras de muy corta duración, redactadas por unos veinteañeros y representadas una sola vez hace casi setenta años. Una vez vistas entiendo que no se hayan vuelto a programar, pues son algo casi infantil; ambas carecen de ideas fuerza, de una textualidad bien hilada y no transmiten emoción (sea comicidad o drama). Su hipotético interés lo atribuye su director José Luis Garci a que fueron “…el primer grito existencial” del teatro español de la posguerra. Ya en el patio de butacas, tras escuchar un saluda grabado de Alfonso Sastre alabando la idea de representar su texto y excusando su asistencia al estreno, nos informaron que aquel grupo de jóvenes dramaturgos autodenominado grupo “Arte Nuevo” las estrenaron en 1948 y 1949 en el teatro del madrileño Instituto Ramiro de Maeztu. Entonces comenzó la función de teatro más desconcertante que haya visto en toda mi vida; algo inolvidable, incluso difícil de recoger por escrito debido al cúmulo de sensaciones que me deparó.

La primera obra fue Cargamento de sueños, de Alfonso Sastre. En ella un misterioso anciano entra cantando una canción en inglés, para abordar —sin preámbulo alguno— a un mendigo al que interroga como si le conociera de toda la vida, asegurándole inmediatamente que debía de confesarle su vida porque podía morir [nunca llegamos a enterarnos porqué ni de qué]. Tras unas pocas dudas el mendigo —que resultó ser un instruido escritor— rememora un pecado que le atormenta. En su relato confesó haber interrumpido a una joven cuando esta iba a suicidarse; gesto humanitario que completó en menos de un minuto, pasando la muchacha de la decisión de suicidio a un apasionado beso, y de éste a dejar de ser puta para irse a vivir con su salvador. Todo ello con unos diálogos deshilvanados. Lo más alucinante es que aquella absurda escena tuvo lugar en un ambiente del Oeste Norteamericano(identificable por el paisaje y por una gasolinera) pero en ella había un cartel en el que en idioma alemán ponía Ewikgeit (que en castellano significa eternidad); los personajes tampoco eran norteamericanos si no alemanes: uno se llama Manfred y la otra Frau (que significa señora en alemán). Aquello resultaba incomprensible; más aún cuando esa especie de extraño confesor se marcha inopinadamente y la joven —que había sido previamente asesinada por el mendigo— resucita, vuelve y se da un enamorado beso con su asesino. A continuación bajó el telón y arrancaron dubitatívamente unos tímidos aplausos, los más breves —unos diez segundos— que recuerdo en un estreno.

El descanso fue aprovechado para que alrededor de una decena de espectadores de mi zona para ausentarse. Con una periodista del asiento contiguo y otros de las filas anexas comentamos asombrados lo que habíamos visto. Mi pareja me rogó que nos marcháramos, pero le pedí que aguantáramos hasta el final. A pesar de que mantengo la política de no hacer críticas abiertamente negativas de obras de teatro (pues prefiero omitir la opinión sobre las mismas), concluí que lo que estábamos viendo resultaba algo tan insólito que debía continuar hasta el final y luego decidir si publicaba una crónica.

La segunda obra —El hermano, de Medardo Fraile— resultó un poco menos absurda. Insulsa y carente de mensajes concretos, representa a varios miembros de una familia pobre que mantiene una rutinaria convivencia y se mienten entre si, hasta que el hermano (supuesto protagonista) decide que debe de vengar a su hermana por una afrenta que nunca llegamos a conocer; acción que pretende perpetrar en plena noche (imagino que debería asaltar la casa del ignorado afrentador). Llama la atención que se emplearan algunas palabrotas y frases soeces que no imaginaba yo que la censura franquista las autorizara —aunque al ser una obra para el teatro de un colegio, posiblemente ni pasó la censura— y alguna levísima frase de crítica social acerca de la pobreza; acompañada con la asombrosa afirmación de que muchas personas deberían de haber muerto en la Guerra Civil porque no valen para nada. Un lío ideológico.

Ambas obras obvian los mensajes y las conclusiones. Carentes de ritmo o emoción, son rudimentarias e incluso infantiles. Vista la trayectoria de los mencionados autores, invita a sonreir la opinión manifestada por el director José Luis Garci acerca de los mismos: “…sabían donde querían ir”. Pues a la mediocridad y al olvido; ninguno de los miembros de ese grupo han hecho aportación relevante alguna a nuestro teatro; el más conocido es Sastre, ausente de los teatros comerciales (en los que es el público quien manda), conocido fundamentalmente por su apoyo a la organización terrorista ETA —a la que su esposa perteneció, participando en los doce asesinatos de la madrilaña cafetería Rolando— y por su enfrentamiento con Buero Vallejo acerca de cual debería de ser la política del Partido Comunista.

Tan catastrófica programación me invita a declarar que espero que se cumpla el vaticinio de José Luis Garci al calificar de “única e irrepetible” esta experiencia teatral (a El Periódico del 16 de febrero) porque su resultado ha sido asombrosamente incompetente. Se nota que no ha puesto dinero suyo en esta producción. Me choca también que el director del Teatro Español se prestase a representar en tan importante espacio semejantes bodrios. En un momento en que nuestra escena atraviesa una de las mejores épocas de su historia, asombra que Alfonso Sastre se atreva a afirmar en el catálogo que nuestro teatro siempre ha navegado “entre la mediocridad y la pobreza”; posiblemente le traicionó el subconsciente y estaba pensando en si mismo cuando lo escribió .

Texto de Ignacio Suárez-Zuloaga.

Comentarios Facebook

About the author

Comentarios

  • Joshua 28 marzo, 2016 at 1:35 am

    La crítica carece de perspectiva y fundamento: no tiene en cuenta las circunstancias en las que se crean ambas obras. Los dos (Sastre y Fraile) son autores jóvenes, en sus inicios. Las obras son acordes al momento de creación artística. Por otra parte no parece haber leído la obra antes de verla, esto ayuda a entenderla y poder establecer comparaciones.

    En “Cargamento de sueños” se expone un problema existencial, el típico temor ante la muerte. El ambiente en el que aparece Frau no es inconexo porque sí, se trata de una narración del pasado, lo que supone la posibilidad de omitir ciertos hechos. Y finalmente Frau no resucita, es Manfred el que muere, por eso “el confesor” se marcha, su labor ha terminado, Manfred ha volcado sus temores y tras morir se reencuentra con la mujer que amó (hecho que no sucede en el texto).

    En la segunda obra “El hermano” solamente los hermanos ocultan información a los padres. El hermano en ningún momento dice querer solucionar la afrenta esa misma noche, sino al día siguiente. Considerarla insulsa es exagerado, precisamente el autor pretende no ser claro con el mensaje: no permite saber si el hermano está realmente enfadado por el sufrimiento de su hermana, o si hay algo más oculto en la relación entre ambos.

Simple Share Buttons
Simple Share Buttons

Utilizamos cookies de terceros para mejorar la usabilidad para dispositivo de usuario. Si usted continua navegando, consideramos que acepta su uso. Puede cambiar la configuración y obtener más información

Los ajustes de cookies de esta web están configurados para "permitir cookies" y así ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues utilizando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en "Aceptar" estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar