AQUILES Y PENTESILEA mayúscula tragedia y espectáculo total

Aquiles y Pentesilea —de Lourdes Ortiz— puede resumirse como una tragedia elevada al cubo; si las obras teatrales sobre los personajes de la mitología son fundamentalmente trágicos, en ésta sorprendente obra los mitos lo son todavía más. Una dureza argumental que resulta muy mitigada por la imponente escenificación del drama, que más que una obra de teatro es un espectáculo total. Los aficionados a las representaciones teatrales sabemos lo complicado que resulta superar en un escenario lo que cotidianamente contemplamos en televisión; mediante la escenografía, los efectos visuales y la música en directo cada director trata de compensar la abrumadora cantidad de opciones de manipulación audiovisual que tienen los realizadores de televisión o cine. Por ello nos encontramos en los escenarios de prestigio —como el Centro Dramático Nacional— espectáculos crecientemente impactantes; tanto por su complejidad como por ser multitemáticos. En el drama Aquiles y Pentesilea Santiago Sánchez emplea un enjambre de ellos: texto tremendista, números circenses, interpretaciones musicales en directo, canciones, baile… con el añadido de que hay intérpretes que además de actuar, hacen números de baile, tocan instrumentos o/y cantan. Artistas polifacéticos que sorprenden por su buen desempeño en todas sus actuaciones. Por esta razón es esta una función sorprendente y variada; de las que se recuerdan.

Cuando el espectador se vuelve a casa rememorando lo que ha visto en Aquiles y Pentesilea, y se vuelve consciente de lo manifestado en los diálogos y visualizado en la acción, se queda completamente horrorizado. Una sensación parecida a la que produce el libro `Historia´ de Herodoto —que usted recordará por ser el que le leen al herido de la película El Paciente Inglés—; la belleza del texto enmascara provisionalmente los espeluznantes hechos narrados. También uno agradece al destino el vivir en el siglo XXI y no en la Grecia de hace veintinueve siglos. Porque la idea fuerza de Aquiles y Pantasilea es lo más nihilista que he llegado a ver en un teatro; y corríjame usted si conoce argumentos más terribles. Lourdes Ortíz ha tomado de la narración de la Iliada homérica el encuentro bélico entre los héroes Aquiles y Pentesilea, y le ha dado la vuelta: en lugar de que él la mate y se enamore a continuación de su víctima, resulta que ambos se enamoran, cambian radicalmente de actitud ante la vida y deciden casarse. Es decir, que empezamos en plan positivo. Ese amor transforma a los dos mitos; pues cada uno de ellos emplea su prestigio ante sus respectivos pueblos para cambiar sus hábitos guerreros, y hacer que el amor impere entre griegos y amazonas como ha prevalecido entre Aquiles y Pentesilea. Pero estas buenas intenciones se encuentran con la fuerza de las tradiciones de ambas naciones, personificadas por los `malos´ (incluso `malísimos´) Ulises y La Gran Sacerdotisa, que consiguen desautorizar a los héroes ante sus seguidores. Ambos `malos´se ponen de acuerdo, produciéndose un `dramón´ tremendo. La idea fuerza de Aquiles y Pentesilea es que el mal se impone sobre el bien, pues todos se alían para que la guerra acabe con las esperanzas de paz y para que el acto sexual sea solo reproductivo y dominador en lugar de ser manifestación de amor. Es la total aniquilación de la incipiente humanidad personificada por Aquiles y Pantasilea. Y no escribo más, porque hay que ir al teatro para disfrutar y para polemizar incluso con éste opinador – provocador; el teatro es muy importante y hay que pensar en él.

Aquiles y Pantasilea es una función espectacular; en su sentido más exacto.El director emplea todos los recursos posibles para cautivar la atención de principio a fin, con una escenografía minimalista que le aporta una gran dosis de intemporalidad, enriquecida por su credibilidad ambiental y originalidad (y que no voy a desvelar); la acción está apoyada por música, cantos, bailes, y un vestuario muy apropiado. La actuación de todos los intérpretes es muy convincente; solo destacaría un poco más la interpretación que hace José J Rodriguez Jabao de Agamenón, así como los dos protagonistas María Almudever y Rodolfo Sacristán. Hay dos escenas especialmente memorables: una de ellas es la desgarradora actuación de la amazona a la que se le arranca su bebé varón recién nacido, en tanto que la segunda es la batalla entre amazonas y griegos (extraordinariamente plástica). Por el contrario, entre ambas escenas se produce el crimen que da la vuelta a toda la trama, asunto que no me ha parecido suficientemente bien resuelto, siendo el espectador quien mucho debe de poner de su parte para entender ese importante episodio (sin el cual carece de sentido lo que ocurre a continuación). Dejando a parte esta pequeña `peca´ mi sensaciones al salir del Teatro María Valle Inclán es la de quien ha visto algo impactante que invita a pensar bastante camino a casa, mágica sensación en la que el teatro sigue siendo el arte supremo.

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