RAFAEL AMARGO en TIEMPO MUERTO2

Las variadas y poderosas influencias que Rafael Amargo incorpora a sus coreografías convierten cualquiera de sus espectáculos en una imprevisible mezcla de cuadros de baile y actuaciones musicales de todo tipo. No se me ocurre el nombre de un coreógrafo en el mundo que pueda presumir de semejante eclecticismo en sus creaciones; el alma flamenca está siempre presente de alguna manera, pero envuelta con naturalidad de múltiples planteamientos ajenos a esta cultura de origen del creador. Véase por ejemplo la coreografía que Rafael Amargo presenta actualmente en el Teatro La Latina de Madrid: Tiempo Muerto 2. Se comienza por un cuadro con una vaga inspiración de la Grecia clásica en la vestimenta y los movimientos, todo ello envuelto por música flamenca de fondo. A continuación las bailarinas de la compañía muestran todo su poderío en una demostración de elevado nivel donde destaca la actuación de Kayoko Nakata, que presenta un cuadro de baile de inspiración oriental apoyada a su vez con música de inspiración arábiga interpretada por el grupo de músicos de la compañía.

Poco después el espectáculo vuelve a dar un giro inesperado cuando dos bailarines de la compañía hacen una espectacular actuación de break dance. En la segunda parte de la actuación presentan una fiesta flamenca en toda regla; escribo en toda regla porque los cambios de posición y escenografía, la sucesión de cuadros de baile y actuaciones musicales con posiciones en el escenario y con escenografías marcadamente distintas mantienen en vilo al espectador. El elemento más distintivo del planteamiento de Tiempo Muerto 2 es la variedad de planteamientos, hasta el punto de sorprender una y otra vez al espectador. Amargo dirige a los miembros de su compañía -con total y abierta naturalidad- incluso en plena actuación, indicando con gestos correcciones de posición, especialmente en los últimos compases del espectáculo, cuando el gran bailarín va modulando a su voluntad la despedida (incluso jugando un poco con los entusiasmados espectadores). Hasta en tres ocasiones llegué a estar convencido de que la función había terminado; y siempre ocurría algo para que el espectáculo recobrara brios y se alargara entre la euforia de un público puesto en pié.

Texto de Ignacio Suárez-Zuloaga.

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