La danza aporta visiones de España

Si Sorolla levantara la cabeza sentiría una obligación moral para retratar, juntos, a Antonio Najarro y a Franco Dragone. Ya sé que eso implicaría una irresoluble disputa entre los dos protagonistas a la hora de dilucidar quién se queda con el cuadro, pero no se me ocurre otra posible solución; unos retratos por separado no recogerían la importancia de esta acertadísima colaboración entre dos grandes personajes de nuestra escena actual, en tanto que pretender que Sorolla hiciera una copia de este “retrato doble”… sería algo un tanto excesivo (por mucho que reconozca la deuda del valenciano con quienes han sabido sublimar las Visiones de España que pintó para la Hispanic Society of America).

En  éste reestreno en los Teatros del Canal, Najarro ha mejorado sus actuaciones de hace poco más de un año en el Matadero. El conjunto de la coreografía destaca por la impresión de naturalidad y diversidad de movimientos de los bailarines, que siguen los pasos con un ordenado desorden que realza la naturaleza popular de los catorce cuadros de danza interpretados. Siendo todos excelentes, me ha llamado la atención la impresión que causa el juego de sombras de la original escena de los penitentes; también la dificultad técnica y excelente ejecución de los dificilísimos pasos del aurresku vasco; finalmente, me ha gustado mucho la plasticidad de movimientos del cuadro de los toreros.

La escenografía de Dragone, apoyada en el original y eficacísimo diseño de Vincent Lemaire, demuestra las virtudes que han convertido al Circo del Sol en un referente mundial en cuanto a puestas en escena. Poco se ve de los cuadros de Sorolla, pero su espíritu, más que realzado, es multiplicado por su moderna concepción. Los cuadros de danza están literalmente enmarcados por marcos visuales superpuestos y por proyecciones que ambientan eficazmente las catorce escenas. Muy acertado el empleo de la iluminación doble a ras de tablas en el mencionado cuadro de los nazarenos.

En cuanto a las actuaciones de los bailarines, del elevadísimo nivel habitual de todos los integrantes del cuerpo de baile del Ballet Nacional de España, destacar la interpretación inicial de Inmaculada Sánchez y la actuación con las sillas en El Encierro de Mariano Bernal y Francisco Velasco.

Y finalmente, algunas pegas (pues de lo contrario sería inmerecido el apelativo de “crítico”): algunos cuadros de baile resultan algo largos. A ese resultado puede contribuir el hecho de que casi todos los cuadros están apoyados en una música sinfónica sin claras discontinuidades rítmicas, en la que se pasaba de Guipúzcoa a Cataluña como si tal cosa (a lo que ayudaba el hecho de que unos danzantes con barretina ayudaran materialmente a sus predecesores con txapela).

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