CARMINA BURANA

El siempre solvente Ballet Flamenco de Madrid ha presentado su versión de la cantata escénica de Carl Orff Carmina Burana. Esta obra se presenta en el Teatro Nuevo Apolo en un programa doble cuya segunda parte es una Fiesta Flamenca en la que se reúnen variaciones de coreografías que habitualmente baila este grupo en su repertorio flamenco. La Carmina Burana es una coreografía vagamente inspirada en los poemas medievales versionados por el mencionado autor alemán; más allá de las pretensiones crítico-burlescas y de alegría vital contenidas en el original de Orff, en la actuación del Ballet sobresale la pasional interpretación que caracteriza a éste elenco. En este equipo artístico destaca Pedro Guerrero, bailarín cuya altura y largura de extremidades no impide demostrar una y otra vez una armonía y agilidad más propia de los bailarines más `recogidos´ (caritativa forma de expresar `bajitos´). Esa envergadura, junto con su semblante sereno y concentrado, y esa cadencia de movimientos siempre acompasados confieren a su actuación una extrema elegancia. Guerrero es un bailarín `señor´, con autoridad en el escenario hasta cuando se equivoca; en un momento de la actuación que disfruté se le desató el cordón de un zapato, inclinándose con tal naturalidad que más que un fallo fue una demostración de control sobre las tablas. Junto a él la `ibérica´ Noelia Casas y la expresiva Vicky Duende (apropiado apellido artístico), flanqueadas por el impecable Iván Guerrero.

La gran experiencia y arte de la compañía se puso de manifiesto en la segunda función —con el nombre de Fiesta Flamenca— en el que la gran calidad interpretativa y las muy ensayadas evoluciones de los integrantes del Ballet llegaron a levantar al público de sus asientos; son muy buenos y los han hecho tantas veces que parece que ni les cuesta bailar. Otra cosa fue la primera y menos ensayada función, el día del estreno aprecié una serie de fallos en la interpretación de Carmina Burana que confío se subsanen. En primer lugar me distrajo el telón blanco del fondo durante los primeros cuadros; elemento necesario para facilitar el contraste de las siluetas en los cuadros subsiguientes, pero que en los primeros hace mal efecto; es un asunto que Luciano Ruíz debería de resolver con iluminación o mediante la sustitución por un telón neutro que no reste fuerza a la interpretación. También me chocó en un equipo tan conjuntado los largos segundos de parón que se produjeron entre el primer y segundo cuadro el día del estreno; cuando se está bailando se transporta al espectador al universo del bailarín/a y esa magia se interrumpe cual ducha fría si no hay una fluida continuidad entre las actuaciones.

Texto de Ignacio Suárez-Zuloaga

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