“Le nozze di Figaro” en el Teatro Real

El Teatro Real abre la nueva temporada el próximo 15 de septiembre con una de las óperas más representadas de Mozart: Las bodas de Figaro, con dirección escénica del incombustible Emilio Sagi. Para que el espectador disfrute con totalidad la obra, En los mejores escenarios quiere dedicarle unas líneas a esta obra.

Mozart compone Las bodas de Figaro a finales de 1785 y a principios de 1786, y se representa por primera vez en el Burgtheater de Viena dirigida por el propio Mozart. La ópera supuso la primera de una prometedora colaboración con el libretista Lorenzo da Ponte, con quien llevaría a cabo otras dos de las más populares óperas del compositor de Salzburgo: Don Giovanni y Così fan tutte.

Las bodas de Figaro se compone a tan solo cuatro años de la Revolución Francesa y en un momento histórico de profundos cambios sociales en el que los arcaicos esquemas del Antiguo Régimen estaban en decadencia y una nueva clase social estaba emergiendo: la burguesía. Aunque los temas siguen siendo los mismos que gustaban a la aristocracia (el amor, el engaño, la fidelidad, etc.), se presentan de forma distinta. Los protagonistas ya no son dioses o héroes mitológicos, sino siervos y condes. Que Mozart y Da Ponte eligieran, por lo tanto, una obra de teatro de Beaumarchais, cuyo estreno había venido acompañado de polémica y su inmediata prohibición, no era casual.

La idea de llevar a la ópera la obra de Beaumarchais fue del propio Lorenzo da Ponte, que vio en la música de Mozart el vehículo perfecto para transmitir los valores del texto, plasmado de un humor ácido, desenfadado y de constantes referencias sexuales. El aria Non so più cosa son cosa, faccio de Cherubino, un joven reflejo de la promiscuidad adolescente, hace referencia a la masturbación al final cuando dice eso de “si no tengo con quién hablar de amor, hablo de amor conmigo”. El libreto de Da Ponte también hace gala de una sutileza brillante: en mitad de una auténtica lucha de fieras, Susana llama a Marcellina “el amor de España”, que es una elegante eufemismo para colegiarla en el gremio más viejo del mundo. Por otro lado, la ópera supone para Mozart la oportunidad de otorgarle un mayor peso a la interacción entre varios personajes en el escenario, hecho que demuestra con brillante maestría en los finales del acto segundo y cuarto. Sobre la música de Mozart nos cuenta José María Martín Triana en su libro El libro de la ópera que “Mozart pinta la inmensa variedad de los sentimientos amorosos (seducción, esperanzas, celos, frustración, etc.) con medios tan económicos como asombrosos. Aunque hay unos números meramente artesanales, nada significan ante las arias (que exigen el más depurado legato de las voces femeninas, y el más perfecto dominio de la expresión y de las agilidades de las voces graves masculinas) y los conjuntos que se suceden perfectamente encajados entre los recitativi secchi.”

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