Fijando la atención en la mujer que retrató Francisco de Goya, los ojos se encuentran con un rostro sereno. Un rostro tranquilo y una actitud propia de las damas de la época. Mantiene la compostura, posa dócilmente, apenas muestra una expresión, una emoción. La mujer que retrató Goya parece, además, cansada. Fallecería meses más tarde. Nunca tuvo buena salud, pero vivió intensamente la revolución intelectual y cultural del siglo al que perteneció.

Este ánimo sosegado que reprodujo el afamado pintor se encuentra en las galerías del Museo del Louvre. Seguramente sea un rostro desconocido para todos sus observadores, pero tiene un nombre. Se llama María Rita de Barrenechea. Su retrato, Retrato de la condesa del Carpio (La Solana). Tiene también una historia. Pero fijando la atención en los libros de historia, los ojos se encuentran con poco. Con casi nada.

Guardiana, promotora y mujer

María Rita de Barrenechea nació en Bilbao a mediados del siglo XVIII. La Ilustración había llegado a España para quedarse, al lado de figuras como la protagonista de estas líneas. Pero mientras Leandro Fernández de Moratín ocupaba los escenarios de Madrid, María Rita mantuvo un perfil más bajo. También escribió, pero el lugar que correspondía a las mujeres de la época -en el teatro, en las artes, en la cultura en general- era otro. No eran protagonistas. Eran, como mucho, cómplices de los éxitos de los varones. Pero no parece que Rita se conformase con asistir a representaciones o con instruirse en casa.

Retrato de la Condesa del Carpio

Retrato de la Condesa del Carpio, en el museo del Louvre

En este siglo XVIII se consolidaron sociedades destinadas a promover el desarrollo cultural, como la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País o la Sociedad Matritense, de las que María Rita de Barrenechea se mantuvo cerca. Organizó, junto a su marido, tertulias y conversaciones en su casa. Acudió a otros muchos encuentros culturales. Debatió, discutió, se hizo notar. Tenía un carácter apacible, amable y tranquilo, dijeron aquellos que la conocieron. Pero tenía también una voz, una opinión y mucho conocimiento.

Y tampoco se conformó con penetrar poco a poco en un mundo dominado por hombres. Quiso crear espacios seguros para las mujeres que, como ella, empezaban a descubrir su verdadero lugar. El verdadero lugar. Junto a otras 13 compañeras, formó la Junta de Damas y Mérito. Apoyadas por el rey Carlos III, 14 mujeres apostaron e impulsaron la incorporación de la mujer a la vida cultural de la época, al espacio público de ese Siglo de las Luces.

La Cibeles

Fuente de la Cibeles en Madrid, símbolo neoclásico | Shutterstock

Y creadora, aunque olvidada

Así que María Rita de Barrenechea fue guardiana y promotora de la vida cultural de su época, y fue también creadora. Escribió teatro. Era una apasionada del teatro. De las letras, en general. Se identificaba con los valores de la Ilustración, del neoclasicismo que se coló en las calles de Madrid y de toda España. Y estos ideales se perciben en sus obras como se percibieron en las obras de sus compañeros, pero las de éstos sí fueron representadas en los escenarios. Las de Rita se guardaron en un cajón.

El historiador Manuel Serrano y Sanz tuvo oportunidad de descubrir años más tarde del fallecimiento de Rita este cajón. Lo que ésta había dejado tras de sí. Documentó numerosos escritos de diferente índole y una interesante correspondencia con su marido. Hasta el presente, sin embargo, sólo han llegado dos obras de teatro con su firma: Catalín y La Aya. La primera la conservó un admirador anónimo de la dramaturga. La Condesa del Carpio tuvo admiradores contemporáneos, como también los tuvo Luisa de Medrano, pero ninguna aparece en los libros de historia.

Tertulianos en el Café de Levante. | Leonardo Alenza (Wikimedia CC)

Ha trascendido, además, que escribió una obra para ser protagonizada por su hija y amigas. Con toda seguridad, fueron más. En cualquier caso, lo importante de este hecho es lo que significa. Que María Rita de Barrenechea nunca terminó de escribir para el público, seguramente porque era consciente de que faltaban oportunidades para las creadoras. Así que escribió para su círculo cercano, para el deleite de éste. Parece que, al menos, consiguió esto último. Por eso no faltaron los halagos.

Canto en verso suelto a la memoria de la señora Condesa del Carpio

A una de esas tertulias hogareñas tuvo la oportunidad de asistir el inglés Joseph Townsend, viajero incansable, que destacó de la condesa del Carpio su encanto personal y su viveza de ingenio. El político y escritor Gaspar Melchor de Jovellanos, a quien le unía una gran amistad con el matrimonio, se refirió a ella como “una mujer de grande espíritu, talento y gracia”. No faltaron los halagos de quienes tuvieron cerca a la condesa. Faltaron, como suele suceder, las oportunidades.

Por eso, para construir ese perfil deseado de esta nueva protagonista, hay que recurrir a las espontáneas palabras de sus contemporáneos. Espontáneas porque fueron fruto del día a día, no de un estudio. Quizá puedan servir, al menos, como demostración fidedigna del carácter de la condesa. En un momento en que las mujeres todavía pertenecían al plano de las sombras, en torno a ella sólo hubo luz, en consonancia con el siglo al que perteneció.

En este sentido, la alternativa más apetecible invita a quedarse con las palabras de otra mujer. María Rosa Gálvez, poetisa y dramaturga que despuntó en aquellos años, se despedía de una fiel amiga con una creación propia: La noche. Canto en verso suelto a la memoria de la señora Condesa del Carpio, que titula estas líneas. En este emotivo poema queda patente la sensibilidad, la inteligencia, la bondad y la amabilidad de una Rita que fue guardiana de la cultura. Queda patente también el ingenio y la creatividad de una mujer que fue, además, creadora.

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