La visión romántica del vikingo ha impuesto una figura en la que predomina su vertiente libertaria y hereje sobre la suerte de terrorista medieval que reflejan las crónicas cristianas. Su eterna búsqueda de botín llevó a estos escandinavos a empresas casi inverosímiles. Tanto ellos como sus herederos normandos llegaron a fundar un reino en Sicilia o a sitiar Bizancio. No en vano, la guardia varega de los emperadores romanos orientales estaba compuesta de estos soldados de élite. Lo que hoy es España y Portugal también fue foco de su animosidad. Tanto cristianos como árabes les sufrieron y masacraron a partes iguales.

Torre contra vikingos en Catoira

Torre contra vikingos en Catoira. | Shutterstock

Llega el terror escandinavo a Galicia

En el año 84422 la primera gran flota a la que se enfrentaría la península ibérica arribó al mar Cantábrico. Los rumores llegados desde las islas británicas y Francia eran aterradores. Poblaciones enteras pasadas a cuchillo, esclavos por doquier, violaciones sin importar edad o condición… Pero, sobre todo, un total desprecio por los símbolos cristianos. Si a uno no se le explica por qué se ha de temer a algo que no se ve, es difícil que le cause pavor. Así, la vista de los knarrs y los drakkars, barcos nórdicos, no fue algo que gustara al incipiente reino de Asturias. Gijón se libró al no estar más que de paso la expedición.

Las crónicas que cuentan esta primera invasión son principalmente los Annales Bertiniani franceses y la de Alfonso III o rotense. En ellas se indica que el entorno de Brigantium, en la torre de Hércules de la actual A Coruña, fue el lugar de desembarco. El saqueo de Galicia se transformaría en la actividad favorita de los vikingos en España. La táctica usada era el strandhögg o asalto sorpresa. Una maniobra comparable a la guerra moderna, que consistía en tentativas leves para encontrar información seguidas de un asalto salvaje.

Imagen idealizada del siglo XIX de Ramiro I

Imagen idealizada del siglo XIX de Ramiro I. | Wikimedia

Poco les duró la alegría, pues para su desgracia la nobleza galaica y asturiana sabían bastante bien lo que era ser invadido. Desde Oviedo, Ramiro I montó un ejército e infligió una sonora derrota a los escandinavos. Se desconoce el balance de la contienda, pero al parecer los invasores perdieron un buen número de naves. Asimismo, hay teorías que apuntan a que el rifirrafe hubo lugar en Gijón. Sea como fuere, la expedición siguió al sur. Tocaba partir a al-Ándalus.



La masacre de Sevilla y la venganza del emir

Abderramán II no vio venir el ataque vikingo. Los historiadores musulmanes dejaron constancia de ataques en Cádiz y su Isla Menor. Siguiendo el Guadalquivir protagonizaron una tremenda masacre en Coria del Río, con el objetivo de evitar cualquier aviso a Sevilla. Esta fue su siguiente objetivo. Lograron saquear los arrabales que rodeaban a la ciudadela, que sin embargo logró resistir el embate escandinavo. De nuevo, grandes matanzas y capturas de esclavos siguieron a la toma.

Tal fue la afrenta que los árabes penínsulares unieron fuerzas. Abderramán II montó un poderoso ejército al que se unieron los hombres de Musa ibn Musa al-Qasi. El dirigente de Banu Qasi, que controlaba las tierras de Arnedo y Tudela y era un encarnizado enemigo político del emir, no dudo en ir al sur. La venganza sería terrible. Las tácticas sorpresivas vikingas lograron el éxito en una primera ronda. Sin embargo, estabilizada la situación, los caballos moros serían su perdición.

Recreación de un barco vikingo en Catoira

Recreación de un barco vikingo en Catoira. | Shutterstock

Al igual que Marco Craso, parte del primer triunvirato romano junto a César y Pompeyo Magno, cayó en tierras partas de turquía, los escandinavos perecerían en Andalucía. El error en ambos casos fue el mismo. Las fuerzas forasteras eran de infantería, mientras que los lugareños hacían un gran uso de la caballería. Tras tomar posiciones en Córdoba, los musulmanes avanzaron a Sevilla. Los vikingos habían dividido sus fuerzas para maximizar el daño. De este modo, las vanguardias árabes se encontraron varias veces con los fieros guerreros del norte.

El golpe supremo acaeció cerca de Santiponce. El gran ejército del emir y su ahora aliado Musa ibn Musa, de miles de hombres, arrasó a los escandinavos con eficiencia. Cientos murieron y otros cientos fueron hechos prisioneros. Decenas de barcos se quemaron y se recuperaron a cautivos. Esta situación desesperada llevó a los derrotados a negociar. Así abandonaron su aventura, bajo la mirada de la flota omeya que les escoltaba por si cambiaban de idea. Al parecer, unos cuantos decidieron abandonar la vida en el mar y quedarse como ciudadanos cordobeses, convertidos al Islam.

Torre del Oro y Guadalquivir

El Guadalquivir fue la vía de entrada de los vikingos en Sevilla. | Shutterstock

El hijo de Ragnar Lodbrock y la resistencia compostelana

La segunda gran campaña contra la península llegó en el 858. Estuvo liderada por mitos vikingos: Bjorn Ragnarsson Brazo de Hierro y Hastein. El primero era rey de Suecia y vástago de Ragnar Lodbrok. Tras quedarse sin demasiado que hacer en Normandía, se decidieron a protagonizar una epopeya mediterránea. Así que partieron a las costas gallegas. Su gran objetivo fue Santiago de Compostela y la sede catedralicia de Iria Flavia. Rías como la de Arousa hacían el acceso fácil. De nuevo, los comienzos fueron prometedores. Grandes destrozos alrededor del punto final del Camino de Santiago se vieron seguidos de un asedio. La solución que se encontró fue pagar un tributo a los invasores.

Ría de Arousa

Ría de Arousa. | Shutterstock

Sin embargo, de nuevo el rescate llegaría desde el este. Pedro Theon de Pravía fue el héroe del momento. Al mando de una gran fuerza asturiana se plantó en Santiago por orden del monarca Ordoño I. Las crónicas narran una derrota total de los invasores, cifrada en la pérdida de 38 navíos. Con un tercio de la expedición bajo tierra o agua, Bjorn y Hastein embarcaron y se fueron de Galicia. Tras pequeños desencuentros en Portugal que les costaron más naves, atacaron Algeciras, Sevilla y Orihuela. Se siguieron divirtiendo en Marruecos, las Baleares e Italia antes de volver a la península.

Una de las mayores victorias de la expedición tuvo a Pamplona de protagonista. García Íñiguez, su monarca, cayó al igual que la capital del reino que acabaría siendo Navarra. El pago del rescate estuvo a la altura. Tanto es así que la leyenda cuenta que los barcos llegaron a volcar por el peso de las riquezas recibidas. El final del periplo de Bjorn Ragnarsson y Hastein fue parecido al de sus predecesores. Llegados a aguas del emirato, las flotas conjuntas de Córdoba les volvieron a dar lo suyo. La armada vikinga se quedó en 20 buques y tuvo que poner rumba a casa. Eso sí, lo que quedó llegó repleto de oro al hogar.

Plaza del Obradoiro y Catedral de Santiago

La actual Santiago fue una pieza muy codiciada por los vikingos en el siglo IX y X. | Shutterstock

La última gran tentativa, el duelo entre los obispos y el caudillo vikingo

Tras el fracaso de los asaltos anteriores, a finales del siglo X se dio un intento final y más extendido de incursión. Cabe resaltar que fueron habituales encontronazos aislados, como el que se dio en las costas portuguesas en el 966, resultando ganadores los musulmanes. En Galicia, Mondoñedo o Iria Flavia eran enclaves acostumbrados a la barbarie nórdica. Sin embargo, llegado el 968 hubo una invasión que recordaba a las dos previas por la magnitud de las fuerzas empleadas.

San Rosendo

San Rosendo, obispo guerrero contra los vikingos. | Wikimedia

Gunderedo, líder militar escandinavo, arribó al entorno de Santiago con sus huestes y causó el caos durante años. De nuevo, los alrededores de la ciudad santa fueron los más afectados, pero esta logró aguantar. Entre ataque y ataque, este tipo de objetivos predilectos aumentó su importancia social y se reforzaron. Por ejemplo, esto ocurrió con Sevilla al otro lado de la península. La mitra de Iria/Santiago suponía en aquella época ser un hombre poderoso. Sisnando era el que la portaba y, como era su deber en estos años medievales, además de obispo era general de sus fuerzas. Fortificó Santiago tras las refriegas vistas en Portugal en el 866 y se dispuso a luchar contra los norteños. Por desgracia, pereció en la lucha y Compostela tuvo que pagar tributos a los asaltantes.

Con todo, los escandinavos no aprendieron del pasado. Estuvieron campando a sus anchas por tierras gallegas hasta que el nuevo obispo pasó a la acción. Se trataba de Rudesindo o Rosendo. Curiosamente, tuvo grandes luchas con Sisnando. Fue su sustituto hasta que su colega entró en Santiago al mando de un ejército y le echó de su cátedra. Ironías, ahora le tocaba a él salvar el honor de la diócesis en batalla.

Torre de San Saduniño, otra edificación anti-vikinga gallega

Torre de San Saduniño, otra edificación anti-vikinga gallega. | Shutterstock

Lideró una fuerza junto a un noble gallego, Gonzalo Sánchez. Parece que la contienda tuvo lugar cerca de Ferrol. Gunderedo se dirigía a su flota para cargarla con los frutos del pillaje y los astur-gallegos se les echaron encima. Era el 971 y llevaban tres años de fechorías. Sin embargo, su suerte acabó allí. Toda su fuerza fue vencida. Los capturados no sufrieron mejor suerte que sus camaradas caídos. Obispo y noble decidieron que había que pasarles por cuchillo. Así terminó la saga de un vikingo que llegó a ser conocido como rey del mar, con el gaznate cortado, todos sus hombres muertos y la flota entera quemada.

Este fue el ocaso vikingo en España. Sin embargo, no pararon de llegar ataques hasta el siglo XI. Esto generó eventos como la de la derrota de Olaf El Santo en Catoira o la leyenda del Bispo Santo de Foz. El lugar donde actuó albergaba la catedral de San Martiño de Mondoñedo, que se movió al interior por la presión escandinava. Miedo, terror, sirvieron sin embargo para que Galicia acercara lazos con León y Asturias. También calmó las aguas internas del emirato y posterior Califato de Córdoba. Almanzor provocaría, gracias a su base avanzada de Gormaz, un efecto similar en los cristianos en el 977, al conquistar Santiago y arrasarla. Esto motivó al deshilachado bando enemigo a juntar codos para evitar desaparecer. Un pavor decisivo solo a la altura del generado por los nórdicos.