Del hacinamiento al cuarto individual, así han cambiado las casas en España en menos de un siglo

«Nada como el hogar», se suele decir. Esta palabra hacía referencia en origen a la hoguera, al fuego central que permitía cocinar y calentarse. A su calor ha crecido la Humanidad. De la vivienda se parte al principio de un día cualquiera y a ella se vuelve al final. Un lugar que ha evolucionado mucho desde mediados de siglo hasta la actualidad. Poco tienen que ver los espacios familiares de los años 40 con los actuales, sea en una ciudad como Granada o un pueblo de la sierra. Las casas españolas de la posguerra a la actualidad han cambiado tanto como los modales de estas épocas.

Un país en reconstrucción

Lo primero que hay que tener en cuenta es que en los 40 España estaba destrozada. Esto se extendía a las viviendas. Por tanto, mucha gente había perdido su casa a causa del conflicto. Además se sumaban las incautaciones franquistas a los «desafectos» a la dictadura, lo que podía ir de quedarse con el hogar vacío a perderlo. Esta represión se llevó a cabo a raíz de un Decreto Ley sancionado el 10 de enero de 1937, que creaba la Comisión Central Administradora de Bienes Incautados. Asimismo, cabe destacar que la escabechina civil dejó huérfanos, viudas y heridos que incrementaron el número de habitantes de muchas familias.

En este ambiente de depresión total lo que primaba, más que el cómo fuera, era tener una casa. Desde 1939, y especialmente hasta los 60, se llevaron a cabo multitud de acciones destinadas a la creación de vivienda por parte del estado. Desde iniciativas públicas a bonificaciones al sector privado, los esfuerzos vinieron de la mano de organismos como el Instituto Nacional de Vivienda, la Organización Sindical o el Ministerio de Vivienda. La reurbanización de España cayó así del lado más falangista del régimen. Esto fue clave para la concepción de casa que se ejecutaría, basada en el concepto obrero de la Falange, como apunta Jesús López Díaz en Vivienda social y Falange: ideario y construcción en la década de los 40.

Buscando reforzar los principales núcleos urbanos y colonizar las tierras baldías, bajo la mirada del ministerio de colonizaciones, se generó una arquitectura fácilmente reconocible. Ladrillo y medias alturas en ciudades, colonias de casas blancas en el entorno rural. Construcciones rápidas y uniformes que se combinaron con la recuperación de estructuras a cargo del Servicio Nacional de Regiones Devastadas y Reparaciones. Excepto en Belchite, actuó en todo el país. De esta forma, el Banco de España señala en un informe sobre la evolución del mercado de la vivienda en España que se construyeron más de 8.000.000 de viviendas entre los 50 y los 80, más de un millón en la primera de esas décadas.



Esta doble labor dejó una casa estándar, de construcción rápida, destinada a la vida familiar. De Zarautz a Galende, donde Ribadelago fue arrasada por la rotura de una presa y se tuvo que reconstruir, se pueden ver ejemplos de esta arquitectura. Los planes de inicios de los 40 fueron lentos y fallidos en muchos casos, como el Plan General de Ordenación de Madrid de 1941. Así lo señala Jesús López Díaz  en el artículo antes mencionado. Con el tiempo la cuestión se aceleró. En 1957 se consideraba el país reconstruido y se disolvió el Servicio Nacional de Regiones Devastadas y Reparaciones. A falta de libertad, los españoles volvían a tener hogar.

La fiebre del gotelé

Un añadido curioso derivado de esta construcción exprés fue la irrupción del gotelé. Aunque sea un elemento odiado por las tendencias modernas y el concepto Malasaña de la vida, esta legendaria técnica de pintura tiene un porqué. Las paredes perfectamente tiradas que predominan hoy en día o que se extendieron en los 70 y 80 era un lujo décadas antes. Lo que importaba era tener un techo encima de la cabeza.

Gotelé

Gotelé. | Shutterstock

Tanto los bloques de ciudad como las casitas blancas de colonia, tan típicas en Extremadura y Andalucía, seguían unos estándares de calidad basado en mínimos. Por tanto, mientras se asegurara la seguridad, bastaba. A esto se suma la manía histórica de España por los pasillos largos y los techos altos. El resultado, paredes que tendían a ser rectas pero no llegaban a serlo. Imperfecciones que hoy harían repetir una obra pero que se pasaban por alto entonces.

La solución al asunto fue instaurar el gotelé como tradición nacional. Estas gotitas de pintura son muy agradecidas y tapan las imperfecciones de las paredes. El asunto perduró y se instaló como algo habitual. Además resulta más económico que una regia pintura en plano. Una alternativa muy años 70/80 era la del papel de pared. Hoy sigue estando presente, pero los diseños que se llevaban por aquel entonces daban un resultado ye-ye que hoy brilla por su ausencia. Aunque cueste creerlo, muchas casas de la abuela tuvieron en su momento un aspecto de lo más psicodélico.

El concepto de compartir era distinto

Ya fuera en el ciudad o en el campo, las desigualdades en España eran enormes a principios del siglo XX. Durante la posguerra hubo años en que se hizo de nuevo muy notable la diferencia entre quienes tenían más y menos. Además, la emigración a la ciudad generó una despoblación rural que sigue avanzando hoy en día. Sea como fuere, el común de los mortales vivía en espacios pequeños y compartidos entre los miembros de la familia.

Durante los años 20 y 30 se extendió la segregación de las habitaciones a través de la creación de habitáculos en las viviendas. De esta forma, surgían camarotes que permitían a padres y madres dormir separados de los hijos. Estos, generalmente, seguían compartiendo espacio. En todo caso, las viviendas de espacio único seguían existiendo. Tras la Guerra Civil esto siguió siendo norma. La mesa solía ser un espacio de reunión tras enormes jornadas laborales. Por su parte, la cocina como se verá era un lugar multifunción muchas veces integrando en la sala de estar.

Acción de Regiones Devastadas

Acción de Regiones Devastadas. | Instituto del Patrimonio Cultural de España

En este contexto, compartir era una necesidad. Las duras condiciones de vida apenas dejaban espacio al ocio, por lo que la jornada consistía en trabajar, comer y descansar. La división del hogar tuvo reacciones curiosas. Por ejemplo, la iglesia se quejaba en prensa de que el domingo se dedicaba a limpiar en lugar de adorar a Dios. Sea como fuere, las nuevas viviendas de reconstrucción, aunque contenidas, ya siguieron un formato que un joven de 2020 podría reconocer. Los pisos amplios tardaron algo más en aparecer. Aparatos como máquinas de coser eran preciados y solían usarlas las mujeres de la casa que supieran hacerlo.

En los 70 y 80 las promociones de viviendas amplias, en las que los hermanos llegaban hasta a tener habitación propia, proliferaron. Esta tendencia ha permanecido enfrentada en los últimos años a la crisis económica de 2008. El estallido de la burbuja inmobiliaria provocó que muchos dejaran de lado las casas unifamiliares o los pisos grandes en busca de opciones más económicas. Mientras tanto, en las grandes ciudades se ha producido un aumento de alquileres que dificulta sobremanera a los jóvenes independizarse. Por ello, compartir piso es la única alternativa que les queda.

El baño era una palangana

Aunque pueda horrorizar, el cuarto de baño para todo el mundo es una invención relativamente reciente. Baste señalar, por ejemplo, que a principios de siglo fue revolucionario que el lujoso Palace, el mítico hotel madrileño, incluyera en sus habitaciones esta estancia. Normalmente la gente común solía bastarse con una letrina o una palangana para hacer sus necesidades. Evidentemente, los contenidos tenían que ser vaciados a posteriori. Una operación que por suerte terminó perdiéndose.

Hombre con una palangana en una casa rural de 1936

Hombre con una palangana en una casa rural de 1936. | Instituto del Patrimonio Cultural de España

La necesaria reconstrucción supuso que se estandarizara la inclusión del cuarto de baño en las viviendas. Así, la sustitución del parque de inmuebles favoreció esta actualización. En los entornos rurales era donde más había sobrevivido el concepto palangana/letrina externa. De esta forma, en los 80 ya estaba absolutamente integrado en todo cuarto de baño el inodoro, la pila, el bidé, una pequeña papelera y la bañera.

Lo más habitual era recurrir a los materiales cerámicos para decorar el lugar. Azulejos de cualquier tono pastel inundaron esta estancia. El cepillo de dientes, el secador, el alisador o las toallas gordas eran otros elementos que ya se encontraban entonces. La falta de hambre y el hecho de que sobrevivir no fuera una necesidad recordada a diario permitían centrarse en la higiene y el aspecto.

Hoy las bañeras son odiadas en muchos hogares tanto como el gotelé. No porque no sea un placer darse un baño, sino porque ocupan espacio y entrar a ellas pone en riesgo la cadera de muchos mayores. Por tanto, el baño actual luce mucho más como Asimov lo hubiera imaginado. Espacios concentrados llenos de gadgets, en tonos normalmente blancos y brillantes, pulcros. Las duchas se imponen, verticales y con mamparar acristaladas. El baño del nieto es menos hortera pero más aburrido que el del padre. Al abuelo, le bastó siempre con tener uno.

De la cocina económica a la «atómica»

La «Cocina Económica» fue un concepto revolucionario en su momento. Este artefacto usaba carbón para funcionar y comenzó a generalizarse en el siglo XIX. En muchas casas, no todas, sustituyó al «hogar», funcionaba como estufa y aportaba agua caliente. Un invento que todavía puede verse en alguna casa del pueblo como decoración o en un almacén familiar olvidado. La economía de subsistencia de los 40 hizo que ganara cierto protagonismo antes de verse sustituida por el gas o la electricidad, que ya pululaban por el mundo desde antes del siglo XX. Las calefacciones centrales también acabaron dejando obsoletas a las peligrosas estufas y braseros.

Cocina con hogar

Cocina con hogar. | Instituto del Patrimonio Cultural de España

Las cocinas compactas del American way of life tardaron en asentarse. Las alternativas en España eran más sencillas. Sin embargo, finalmente con la bonanza económica llegaron los diseños futuristas. Los módulos ya estaban impuestos en 1980. Los cacharros de cocina habían avanzado y no aparecían colgados de la pared con un clavo. Tampoco ya se comían gatos. Cabe destacar que había patentes de olla exprés en España desde 1919, la de Jose Alix Martínez en Zaragoza. Se volvió a generalizar una vez pasado el conflicto.

Cocina en 1945

Cocina en 1945. | Instituto del Patrimonio Cultural de España

Como hoy, la cocina era un espacio segregado. Los extractores eran mucho más ruidosos, pero existían y evitaban humaredas. La nevera era otro aparato clave que la normalización eléctrica había traído a las casas. Un avance crucial para conservar los alimentos, de pescados a pan. Su construcción en fábricas se comenzó a generalizar desde los 50 y 60. La primera fue Unión Cerrajera-Roneo en 1956. En todo caso, se trata de un espacio que se tornó muy heterogéneo. Hoy día lo sigue siendo.

Prima la ergonomía y se siguen usando diseños modulares. En 2020 continúa habiendo cajones con objetos tan variados como canicas, trapos o pegamentos. Los utensilios se han ampliado con inteligentes robots de cocina y medidores dignos de laboratorio. Sin embargo, la esencia de la cocina ochentera y actual es muy parecida, alejada de aquella de los abuelos, mucho más pragmática. Lo que es una máxima es que con el gas se cocina mejor que con la vitrocerámica.

La casa de campo en los 40 Vs La casa del pueblo

Tener pueblo es una bendición. Permite tener siempre una alternativa vacacional en la que el urbanita regresa a un «estilo de vida más sencillo» un tiempo. Más allá del postureo, la conexión con el pasado suele venir de que estas viviendas rurales otrora fueron las que habitaron abuelos y bisabuelos. Con el tiempo muchas pasaron a ser herencias y segundas residencias. De vuelta de Madrid, Bilbao, Barcelona o Valencia, lo que ven los nietos es muy diferente a lo que veían sus ancestros.

Muchas veces fueron elaboradas por los propios habitantes, al igual que las casas bajas alejadas del centro de las ciudades en aquella época. La falta de documentación y legislación era notable y hace que no haya demasiados datos al respecto. Sin embargo, se puede conocer a través del testimonio de los más mayores. Lugares que hoy son amplias estancias servían para acumular madera o paja. El ático, por ejemplo, no era la biblioteca o habitación de hoy. Por otro lado, las labores del campo llevaban adheridas un material que había que guardar.

Casa pueblo de pueblo aproximadamente en 1936

Casa pueblo de pueblo aproximadamente en 1936. | Instituto del Patrimonio Cultural de España

También eran relativamente habituales los corralillos, algunos internos, donde se podían tener animales de cría. Aquello de dejar la puerta abierta solía ser normal, aunque a veces era obligatorio si no se quería llamar la atención de la seguridad local franquista. El pasar del tiempo llevó a que no todas estas casas, sobrevivieran. Algunas siguieron habitadas y otras no. Su adobe, sus tejados de madera o su encalado cayeron. Sin embargo, acabaron rescatadas por la nostalgia.

Ya en los 80 era común reformarlas. De espacio de habitación primario pasaron a ser chalets o casas de verano. Hoy, hacen que los pueblos multipliquen su población en veranos y puentes. Los patios antiguos hoy sirven para comer al Sol. Las fincas que daban subsistencia hoy sirven para acoger piscinas. Un espacio alejado de la miserabilidad de la posguerra que se ha llevado más de una relación fraternal por luchas de herencia.

¡España, castigada sin ver la tele!

El retraso que supuso la Guerra Civil a España se notó en sus hogares de formas distintas a las ya mencionadas. Así, se perdió la conexión con las vanguardias que cambiaron el aspecto de los hogares internacionales durante un par de décadas. Así, se tardó un tiempo en volver a tomar el pulso como los herederos de la Bauhaus. Los avances tecnológicos también quedaron retrasados. Por ejemplo, la televisión fue algo inexistente hasta finales de los 50. Antes había que «conformarse» con la radio.

Televisión Española apareció en el 56 y apenas podía ser vista por unas 3.000 personas, según indica el investigador José Carlos Rueda Lafond es un estudio de la UCM. Las condiciones técnicas eras muy limitadas y solo se podía emitir en directo. En la década siguiente ya hubo quienes tuvieron la posibilidad de adquirir un televisor. Por ejemplo, en 1964 ya se superó el millón de aparatos, según la fuente anterior. Dado lo caro que resultaba el obtener uno de estos aparatos no era raro que se compara en común con un allegado. De esta forma, se veía la televisión en grupo.

En los 80 la televisión ya estaba muy asentada. Los informes de desigualdad de Foessa de la época indican que la mayoría de los hogares tenían receptor. Los modelos habían mejorado su calidad y reducido sus enormes tamaños. Con todo, seguían pareciendo armatostes comparados con los de hoy. En todo caso, el mueble de la tele era básico en cualquier salón. El color había irrumpido hacía poco, en 1978, tres décadas después que en Estados Unidos. Además, aunque la gente seguía reuniéndose frente a la tele, ya no se juntaban hasta 15 o 20 personas a seguir un programa como en la década anterior.

El protagonismo indiscutible en cualquier hogar del televisor ha decaído en los últimos años. Los servicios de streaming han hecho que las pantallas se diversifiquen. No obstante, la irrupción de la Smart TV parece que ha dado un respiro al sector. Como dato, el Estudio Anual de Televisión Conectada 2019 de IAB Spain señala que el 57 por ciento de los españoles la usan para conectarse. Relacionado con esto, los primitivos ordenadores de los 80 solían tener su espacio dedicado en forma de estudio. Hoy siguen teniéndolo en bastantes hogares, pero las opciones portátiles hacen del sobremesa una alternativa y no una necesidad. Por suerte, las bibliotecas, aunque sea para decorar, siguen tan en boga como en los 80.

Materiales asesinos

Hay ciertos elementos que se creían inocuos y resultaron ser muy peligrosos. Respecto a las casas, una gran diferencia entre las actuales y las de los 80 y 40 es la ausencia, al menos en las de nueva obra, de dos materiales nocivos. Por un lado está el plomo. Fue muy usado en fontanería hasta 1977. Entonces se prohibió su uso. No obstante, la falta de subvenciones para su cambio supuso que quedara en muchos hogares, especialmente de urbes como Sevilla. De esta forma, se ingería a través del agua, poco a poco, provocando casos no agudos. Afecta a riñones, sistema neurológico o al gastrointestinal entre otros. El número de incidencias es muy difícil de calcular.

Uralita

Uralita deteriorada. | Shutterstock

Otro material que ha levantado más polémica es la uralita, en donde el principio activo tóxico son las fibras de amianto que se usaban para crearla. Se trata de un material cancerígeno que se libera cuando el objeto con un fibrocemento que la incluye se deteriora. Antes no presenta riesgo. Fue muy habitual como recubrimiento, en bajantes y en canales durante los 70 y 80. Por tanto, los cobertizos o techos de uralita eran un clásico de la época. El Colectivo Ronda y la Asociación de Víctimas Afectadas por el Amianto en Cataluña calculan en 2.000 las víctimas anuales por amianto. No se prohibió hasta 2002 y la retirada ha sido muy activa, por lo que en 2020 es raro ver este peligroso compuesto.

Cuando el alquiler era mayoritario

Las casas no solo han cambiado en su interior o exterior. También ha mutado el método para acceder a ellas. Según datos del Ministerio de Fomento en los 50 el porcentaje de personas que tenían una casa en propiedad era menos que el de alquilados, casi mitad y mitad. Así lo señalaba en su Observatorio de Vivienda y Suelo. Boletín especial Alquiler Residencial de 2017. En estos últimos se incluían las cesiones gratuitas y otro tipo de préstamos de vivienda. Un modelo que coincidía con el europeo y que se basaba especialmente en la población urbana. Sin embargo, la creación de hogares desde el sector público llevó a un cambio radical de modelo característico de España.

Según los Censos de Población y Vivienda del Instituto Nacional de Estadística, en el 81 la proporción había cambiado decisivamente y la población en alquiler o cesión gratuita era solo del 25 por ciento. La tendencia siguió durante años hasta que la crisis produjo un punto de inflexión, pasando del 17,8 por ciento de alquilados de 2001 al 21 de 2011. Esta tendencia sigue avanzando y hoy vuelve a rozarse el cuarto del total. Los que pagan a nivel de mercado son aproximadamente el 14 por ciento. Estos son quienes han asumido las grandes subidas que supone la renta de una casa. Grandes ciudades y clásicos del suelo caro, como Donosti, son los que más ven subir este pago mensual.

Todo lo anterior deja claro que la situación es muy diferente para las tres generaciones que se presentan en el artículo. Mientras que el abuelo solía alquilar, los padres optaron por comprar, como se verá en el punto siguiente. En 2020 la situación es más complicada, especialmente de cara a emanciparse. Las rentas alcanzan picos históricos y, como se verá, una vivienda es aproximadamente el doble de costosa que en los 80, según el Banco de España.

¿El ladrillo nunca baja?

El INE indica que el parque de viviendas en España en 2018 era de más de 25.500.000. Los hogares, por su parte, eran algo más de 18.000.000. Quedan así 7.000.000 de segundas viviendas. Esta diferencia muestra claramente que en el país se apostó muy fuerte por el «dos mejor que una». Las segundas casas son así muy habituales. Puede ser la mencionada casa del pueblo, la de la playa o la de ciudad que compró la abuela. Además de la construcción pública franquista la costa española, de Girona a Cádiz pasando por Alicante, se vio repleta de pisos. Las viviendas pasaron de poco más de 6.000.000 en los 50 a más de 14.000.000 en 1980, según señala el Banco Nacional de España Indicadores sobre el Mercado de la Vivienda en España.

Mientras tanto, el precio fue creciendo con crisis intermedias. El Banco de España, en Análisis del Precio de la Vivienda en España, señala tres crisis en este boom previas a las de 2008: en los 70, inicios de los 80 y principios de los 90. Entonces ya descendió el precio real de las casas. Sin embargo, al burbuja siguió adelante hasta que reventó. El precio ponderado se había triplicado desde 1980 en el punto álgido, antes de desplomarse a solo el doble actual. La fuente vuelve a ser el BdE, a través de sus informes sobre evolución reciente del precio de la vivienda.

Esto dejó un hilo de esperanza a algunos jóvenes de hoy día. Al tiempo, también generó imágenes tan curiosas como la de Valdeluz, ciudad junto a Guadalajara que ha permanecido años construida pero vacía. Mientras tanto, la opción de alquilar se popularizó. Fruto de ello surgió la burbuja secundaria descrita en el punto anterior. De nuevo, la última generación es la que lo tiene más complicado.