El día a día, la rutina, la vida diaria… Un concepto tan continuo que hace falta mirarlo con perspectiva para poder apreciar los cambios que se producen en él. Lo que está claro es que un día cualquiera es muy distinto para un joven de hoy en día, sus padres o sus abuelos. Ya se sea de Málaga o de Vitoria, es tentador agarrarse a aquello de que «todo tiempo pasado fue mejor». Sin embargo, comparando una jornada normal de 1940, 1980 y 2020 queda claro que en muchas ocasiones esta frase hecha no es más que una falacia.

Empezar el día siempre fue difícil

La década de los 40 llegó con una España destrozada por la guerra. El pragmatismo se impuso y no hubo otra que sobrevivir. Por entonces se produjo un cambio que ha llegado hasta hoy. Franco decidió adelantar el reloj para equipararlo al horario alemán el marzo de 1940. De ahí el «una hora menos en Canarias«, que conservó su huso. La medida germanófila ha tenido distintas interpretaciones, aunque predomina la del guiño a Hitler y una adaptación a su posible Reich de 1.000 años. Sin embargo, el imperio duró un poquito menos.

El debate sobre el retorno al huso que corresponde a España sea candente en 2020 y ya se planteara en los 80. No obstante, en los 40 importaba poco. Abuelos y bisabuelos seguían viviendo, especialmente en el campo, tirando de reloj biológico. Por ello, poco afectó que hasta 1942 se suprimiera el horario de verano. Hay que resaltar que ya tenían despertadores, algunos ya hasta con radio para los más pudientes.

Radio Despertador de los 40

Radio Despertador de los 40. | Wikimedia

Respecto a la hora de levantarse, dependía del mismo factor para padres, hijos y abuelos: de si se era asalariado o no. En todo caso, a mediados de siglo XX esto solo estaba al alcance, en general, de los hombres, como se verá más adelante. Si tanto ahora como en los 80 la franja entre las seis y las siete suele ser la habitual, para la gente de los 40 esta solía ser algo más temprana. Así, tampoco era raro estar arriba a las cinco de la mañana o antes, según dónde se viviera.

¿Paridad, qué es eso?

Uno de los aspectos más ha evolucionado en un día cualquiera desde los 40 es el papel de la mujer en él. Su inclusión en el mercado laboral era mucho más reducido de lo que es hoy o en los 80. Así, lo más normal para ellas a mediados de siglo era quedarse en casa y dedicarse a las labores domésticas mientras ellos asumían las duras jornadas de trabajo de la posguerra.

Esto no quiere decir que las mujeres no trabajaran. En torno a 1940 era relativamente habitual que llevaran a cabo labores de servicio y cuidado de niños. La compra era algo complicado y sometido a la cartilla de racionamiento. Esto suponía que tras levantarse y dejar atado todo en su casa, debían ir a otra y hacer lo mismo. También solían trabajar en negocios como tiendas, de dependientas, en especial si estaba asociado a su familia. Una vía distinta aguardaba a las monjas. Entrar en una orden suponía que pudieran ejercer profesiones como la enfermería o la enseñanza.

Cartilla de racionamiento

Cartilla de racionamiento en 1945. | Wikimedia

En los 80 ya era normal ver a mujeres madrugando para fichar. La enseñanza universitaria se había extendido en ambos sexos y esto se notaba en la vida diaria. Aunque muchas seguían prefiriendo quedarse en casa, otras tantas preferían depender de ellas mismas. Por último, en un día cualquiera de la actualidad es tan normal ver a un padre como una madre llevar a sus vástagos al colegio, una tendencia existente pero más débil en los 80 que hoy sigue en un proceso de mejora.

No era lo mismo campo que ciudad

La brecha entre ciudad y campo ha sido clara en los tres periodos tratados en este artículo. A pesar de problemas como la despoblación rural, en 2020 la estructura de un día cualquiera en ambos lados no es tan distinta como en los 80 y los 40. Así, en la posguerra la falta de control en el campo hacía que las jornadas de diez o más horas fueran habituales. En el agro, los hoy abuelos se machacaban en pequeñas factorías de pueblo, labrando o cuidando del ganado. Las abuelas también acudían al campo en muchas ocasiones, además de ocuparse de cocinar y mantener la casa a punto.

Jornaleros en los 40

Jornaleros en los 40. | Wikimedia

En las ciudades el paro era habitual y dominaba el sector inmobiliario o el industrial. Los asalariados trabajaban a destajo. Pese a las exigencias iniciales debido al caos posterior a la Guerra Civil, según avanzaba la década se regularizó la situación. Así volvieron a cobrar horas extras y tener jornadas más racionales.

Durante los 80 la jornada de ocho horas, extras pagadas aparte, ya estaba asumida en las urbes, de Madrid a Sevilla o Valencia. En el ambiente rural, no tanto. Sin embargo, los estándares sociales que derivaron de la Transición y la mejora de las infraestructuras acercó ambos modelos. Asimismo, la migración a las ciudades siguió produciéndose como en décadas anteriores.

Con todo lo anterior en mente, la mayor diferencia es la que afectaba al trabajo infantil. En el campo de la posguerra, era muy habitual. Esto marcó la vida diaria de abuelos con respecto a padres e hijos. Era igual que la de sus mayores. En vez de ir a la escuela, con diez años o menos se dedicaban a contribuir a la economía familiar como uno más.

Jornadas laborales muy distintas

Toca volver a un punto medio. Hoy las jornadas tienden a ser condensadas y se reducen a cinco días a la semana. Así, el modelo intensivo es cada vez más habitual frente al partido. Este era muy predominante en los 80. La parada a comer o almorzar era un continuo, muchas veces obligada por la predominancia de la industria. Este sector marcó la existencia de ciudades como Avilés o Eíbar. Si la labor física era dura, había que reposar más. Actualmente pasa lo mismo, pero el sector servicios es el mayoritario y permite más flexibilidad.

Taller de Pablo Soroa-Heinza de Éibar

Taller de Pablo Soroa-Heinza, una antigua factoría de Eíbar. | Wikimedia

Mientras que la conciliación entre vida laboral y personal es algo que padres e hijos daban por hecho, no sucedía lo mismo con sus abuelos. La jornada de cinco días se blindó con el Estatuto de los Trabajadores de 1980. Cuatro décadas antes esto no era ni de lejos así. El domingo era el único descanso de la semana, derecho logrado en 1919 tras una histórica huelga en Barcelona. Se dedicaba a ir a escuchar misa fuera a una catedral o una iglesia, reposar y estar con la familia. Por tanto, un día cualquiera consistía en levantarse, trabajar y dormir. El ocio brillaba por su ausencia.

Para muestra, un abuelo dedicaba 56 años de su vida a trabajar. Su nieto «solo» unos 40. Años ha se empezaba de media a los 16 y se terminaba casi con la muerte, según indica un estudio de Rafael López de Paso. Casi 300 horas anuales hay de diferencia entre ambas épocas. Respecto a cómo se iba al trabajo, a mediados de siglo primaba la cercanía por la falta de opciones individuales. El transporte también volvió a ser protagonista con el pasar de los años.

Disfrutando de la tarde, o no

Como se ha comentado, lo más divertido que hacían la mayoría de los que hoy son abuelos era poder dormir. En las ciudades era habitual ir a tabernas o festejos. Estos variaban de un partido de pelota, por ejemplo en Guipúzcoa o Vizcaya, a una corrida de toros en Valladolid o Cádiz. El fútbol también era popular. Sea como fuere, la vida familiar era más bien nula. Las abuelas por su parte, dedicaban la tarde a volver del trabajar fuera de casa para seguir haciéndolo dentro. Con todo, los aparatos de radio servían como algo similar a las televisiones en los 80 y los servicios de streaming hoy.

Este tedio impuesto por la posguerra a abuelos no tenía nada que ver con la situación de sus hijos. La oferta cultural de los años 80 era amplia, aunque todavía sobreviviera el NO-DO. El fin del franquismo supuso una gran ampliación en lo que a pasarlo bien se refiere. Cines, teatros, performances… Sobre todo en la ciudad, había mucho que hacer. Echar la partida o pasear era algo también habitual. Hoy quedar es más fácil, gracias al móvil y los chats. No todo era bueno, pues el consumo de drogas fue un problema muy grave. De algo recreacional pasó a ser una plaga mortal para muchos jóvenes.

Aunque se vea de forma distinta, la televisión era y es clave en la tarde-noche de los 80 y ahora. Mientras que ahora en 2020 se tiende al consumo individual y se selecciona mucho lo que se ve, antes se estaba frente al aparato en grupo. Los programas más populares, como Estudio 1 o Un, Dos, Tres…, concentraban toda la atención. La cantidad de cadenas y producciones, eso sí, no tenía nada que ver.

¡Cenar y a la cama!

Como el consumo de tele, muchas veces posterior a la cena, el final del día solía ser mucho más comunal antes que ahora. En los 40 y los 80 se comía lo que tocara y juntos. No es algo que haya cambiado mucho hoy cuando hay niños pequeños. Sin embargo, el hecho de que la mujer trabaje cada vez más hace que los horarios sean mucho más variados actualmente. Esto supone que eso de poner una hora para sentarse sea a veces imposible.

Duralex

Durante décadas el Duralex no podía faltar en una cena. | Flickr (nachosmooth)

La hora de acostarse también se ha ido desplazando hacia la medianoche. El aumento de los trabajos livianos supone que no haya que recuperarse tanto como antes. Así, un día cualquiera suele terminar en torno a medianoche mirando al móvil en la cama. En los 40, sobre todo para asalariados y gente del entorno rural, el anochecer no se alejaba en el tiempo de irse a dormir. Así, a veces la medianoche lo era de veras. Por su parte, la generación intermedia también tenía un momento de acudir al catre a medio camino, aunque las diez era un momento estándar.