En el repaso a mujeres fascinantes que jugaron un papel importante en la historia del país, no puede eludirse el nombre de Catalina de Erauso, la monja alférez. Su vida da para una película, en cierto modo porque ha trascendido a modo de película. Como una historia de aventuras ambientada en el siglo XVII. Todavía no se ha decidido cuánto hay de real y cuánto hay de ficticio en los relatos que han llegado hasta la actualidad.

Sí se sabe que Catalina de Erauso ha pasado a la historia conocida de esta manera, pero durante la mayor parte de su vida respondió al nombre de Antonio de Erauso. Con los hitos que marcaron su existencia y su firme determinación de comportarse como un varón, diversos estudios de género concluyen que se trató, en realidad, de un hombre trans.

Es más que complejo señalar esto, pues en la época en la que se desenvolvió no contaba con el vocabulario, los conceptos ni el entorno que permitieran que se distinguiera como tal. Dista bastante, en cualquier caso, de casos como el de Concepción Arenal, que se disfrazó de varón para lograr ingresar en la universidad, pero sintiéndose en todo momento mujer. Reivindicándolo, de hecho, en cuanto tuvo oportunidad. Catalina de Erauso no solo se disfrazó de hombre: vivió como tal, casi de manera completa. Y qué vida tuvo.

Huyendo de la persona que debía ser

Catalina de Erauso, por Francisco Pacheco

Catalina de Erauso, por Francisco Pacheco | Wikimedia, Science Museum Group

Catalina de Erauso nació en San Sebastián en 1592, en el seno de una familia noble. Pronto ingresó, junto con sus dos hermanas, en un convento dominico del que una prima de su madre era priora. Tanto su madre como su padre deseaban un futuro tranquilo para Catalina y sus hermanas. Estas últimas se adaptaron bien a la vida del convento, pero no tenía vocación religiosa y no tardó en dar muestras de ello.

Hacia 1607, con 15 años de edad, llegó a las manos con una compañera. El carácter agresivo que demostró tener durante toda su vida había despertado. Esa pelea física fue el principio del fin. Catalina fue castigada duramente y encarcelada durante días. Parece que fue durante ese tiempo cuando decidió que no pasaría un solo día más en ese convento, así que escapó.

Se cortó el cabello, se colocó el atuendo de hombre que llevaría a partir de entonces y se fugó de ese convento, a los 15 años de edad y sin ningún plan de futuro. Deambuló por varias ciudades españolas, desde Bilbao hasta Sevilla. Finalmente se embarcó rumbo a América, donde, sin pasado ni familia, podía ser quien de verdad quería ser.

El nuevo mundo

Catalina de Erauso se hizo un nombre en el nuevo mundo. Encadenando un trabajo con otro después de, según parece, robarle una fortuna a su tío, no volvió a comportarse como una mujer. Vivió en Colombia, en Panamá, en Chile y en Perú. Su personalidad violenta e impulsiva le llevó a involucrarse en todo tipo de conflictos. Algunos se saldaron con asesinatos, de los que fue acusada en un par de ocasiones. Organizó duelos y fue un miembro activo en los juegos de taberna de la época, en los que demostró, según parece, muy mal perder.

Uno de los acontecimientos más destacables de esta existencia al límite tuvo que ver con su propio hermano, el capitán Miguel de Erauso. Sin saber de la identidad del otro, compartieron semanas de camaradería. Pero Antonio de Erauso, como se llamaba ya por entonces, trató de conquistar a su amante, algo que el capitán jamás perdonó. Cuando se encontraron, años más tarde, se batieron en duelo. La monja alférez le dio muerte. Descubrió a quién pertenecía la vida que había arrebatado cuando ya era tarde.

El bautismo de un monarca

Monumento a la monja alférez en Veracruz, México

Monumento a la monja alférez en Veracruz, México | Isaac Vásquez Prado, Wikimedia

Al margen de este incidente con Miguel de Erauso, la monja alférez, durante el tiempo que pasó en Chile, prestó servicio a las tropas españolas en la Guerra de Arauco. La habilidad de Catalina con las armas, su valentía y ese espíritu guerrero hizo que su nombre volara lejos. Fue en una importante batalla en Valdivia cuando recibió el grado de alférez.

Pero su mal carácter, las promesas incumplidas y la evidencia de que no rendía cuentas ante nadie condujeron a Catalina a un momento peligroso. En 1623, fue detenida en Huamanga, Perú, tras una nueva y violenta disputa. El obispo Agustín de Carvajal la condenó a muerte y fue entonces, y solo entonces, cuando Catalina desveló su identidad. Se confesó como mujer. Tras ser inspeccionada por un grupo de matronas que certificó la identidad con la que nació, el obispo decidió enviar a la monja alférez de vuelta a España.

Pero su nombre ya estaba, ya se ha dicho, volando lejos y sus méritos militares llamaron la atención del mismísimo rey. Así que cuando se presentó ante a Felipe IV no recibió reprimendas, sino halagos. Fue el mismo monarca quien, sabiendo de su historia, la bautizó como es conocida hoy en día: como la monja alférez. Sus aventuras, entonces, llegaron a todos los rincones de Europa. Tanto es así que obtuvo el beneplácito del mismo papa Urbano VIII para seguir vistiéndose como un hombre y, seguramente, para seguir comportándose como tal.

Su rastro se pierde en México, país en el que se instaló en 1630. Su memoria, en cambio, vive desde entonces. Se conserva una obra en la que su vida se presenta como esa historia de aventuras mencionada al principio, supuestamente contada por ella misma. No se ha podido verificar su autenticidad, pero muchos de los relatos que se narran en esta obra coinciden con documentos oficiales y declaraciones de contemporáneos. Catalina de Erauso, o Antonio de Erauso, no dejó indiferente a ninguna de las personas con las que se cruzó.