Para hablar de Ángela Ruiz Robles con la profundidad que merece se necesitaría casi una vida entera. Da la sensación de que ella vivió tres. Nacida en Villamanín, León, un 28 de marzo de 1895, moriría un 27 de octubre de 1975, en la Galicia en la que pasó la mayor parte de su vida. 80 años en los que formó una familia y se integró en otras muchas. 80 años de luchar por lo que creía, de enseñar al resto, de convivencia entregada en los diferentes lugares que habitó. Ángela Ruiz Robles fue primero hija, después añadió ser estudiante y amiga. Luego esposa, madre y vecina dedicada. Maestra por vocación, escritora convencida e inventora que desarrolló proyectos en los que confiaba de corazón. Puso, de hecho, el corazón en todo lo que hizo.

Ángela Ruiz Robles vivió y murió siendo todo esto. Vivió para convertirse en pionera de lo que hoy permite que miles de personas estén leyendo estas líneas. En promotora de una enseñanza y una comunicación diferente. Pero la historia, cruel como se ha aprendido que es, la ha borrado de los libros a los que ella se dedicó.

Doña Angelita, la profesora entregada

Ángela, nacida en una familia acomodada, realizó sus estudios superiores en la Escuela de Magisterio de León, donde impartió clases entre 1915 y 1916. Fue en 1918, sin embargo, cuando su vocación como docente alcanzó una cumbre que ya no abandonaría nunca. La aldea gallega de Santa Eugenia de Mandía recibió a Ángela como su nueva maestra, cargo que ocuparía en la siguiente década. Pronto se reveló como una profesora cercana, entregada, diferente a lo conocido. Se preocupaba por sus alumnos, se desvivía por ellos. Su deseo de enseñar era un deseo sincero y comprometido.

Por eso, su función nunca terminaba en el aula. Ayudaba a quienes necesitaban de una educación especial en un horario que estaba lejos de ser el establecido de forma oficial. Acudía a sus casas después de clases para asegurarse de que la lección estaba aprendida o de que no habían surgido dudas nuevas. Conocía a quienes estaba enseñando y se comportaba con cada uno de ellos en correspondencia con su personalidad, sus deseos y sus inseguridades. Doña Angelita, como así era conocida, era la profesora ideal. Fue la misma profesora para todos, pero supo adaptarse a las necesidades personales, así que terminó siendo una maestra particular para cada uno.

Placa conmemorativa de la ciudad de Ferrol a Ángela Ruiz Robles

Placa conmemorativa de la ciudad de Ferrol a Ángela Ruiz Robles | Moniquiña, Wikimedia

Doña Angelita se marchó de Santa Eugenia de Mandía en 1928, para instalarse en Ferrol. Fue en esta ciudad donde fundó la Academia Elmaca, nombre nacido de sus tres hijas: Elena, Elvira y Mª Carmen. En esta academia, situada en su misma casa, impartía clases a opositores durante el día. Durante la noche, ayudaba a formarse a personas con pocos recursos. En 1934 se convirtió en gerente de la Escuela Nacional de Niñas del Hospicio, con el objetivo de ayudar a niñas abandonadas a integrarse en la sociedad. Durante 1945, fue profesora de la Escuela Obrera gratuita. Nunca dejó de enseñar, nunca necesitó más que el deseo de hacerlo para comprometerse con un proyecto. Ángela Ruiz Robles fue una mujer entregada, entusiasta y generosa. Emprendedora, enérgica y altruista.

El valor de su trabajo resulta aún mayor si se piensa en las condiciones que atravesaba el país durante aquellos años y en la manera en la que se abordaba entonces la educación. Como un trámite obligatorio de estructura rígida, en ocasiones violento, con raros ejemplos de implicación real por parte de los maestros. Ángela dio una vuelta a todo esto y buscó siempre el trato cercano, así como la innovación. En este sentido, necesitó de herramientas y procedimientos que el Ministerio de Educación no proporcionaba, así que decidió inventarlos ella misma.

Un gran invento, dos patentes, ninguna financiación

Ángela Ruiz Robles es especialmente conocida por desarrollar el primer prototipo de libro electrónico. Lo llamó Enciclopedia Mecánica, y registró la primera patente el 7 de diciembre de 1949. Ella misma lo definió como “un procedimiento mecánico, eléctrico y a presión del aire para la lectura de libros”. Consistía en unas láminas que funcionaban a raíz de un circuito eléctrico diseñado por ella misma.

Al presentarlo en busca de financiación para desarrollarlo, explicaba que con ello pretendía aligerar el peso de las carteras de los alumnos y también crear algo que pudiera utilizarse tanto en la escuela como en casa. Encontró también muchos motivos didácticos: apostaba por un aprendizaje más interactivo, podía ser utilizado en diferentes idiomas y adaptarse a alumnos de todos los niveles. Ángela confiaba en su proyecto y en las razones tras su nacimiento, así que boceto en mano y explicaciones en boca se plantó en Madrid para presentarlo ante diferentes instituciones. Recibió grandes halagos y muchas palmaditas en la espalda, pero no hubo financiación alguna.

A pesar de esta decepción, Ángela siguió confiando en que su manera de entender la educación era la correcta, así que no dejó de perfeccionar su invento. Una década después de este primer intento, el 10 de abril de 1962, registró una segunda patente: un aparato para lecturas y ejercicios diversos. Había encargado a los astilleros de la Empresa Nacional Bazán la fabricación de un prototipo mejorado, hecho con zinc y bronce. Las materias a aprender estaban contenidas en bobinas similares a los rollos de películas fotográficas, que podían cambiarse en función de la asignatura que quisiera estudiarse.

La inventora posa con su Enciclopedia Mecánica en algún punto de 1965

La inventora posa con su Enciclopedia Mecánica en algún punto de 1965

Volvió a Madrid. Se entrevistó con potenciales socios, segura de que alguno estaría interesado en esta mejora. Como en su primer viaje, no encontró financiación. Ángela Ruiz Robles no pudo desarrollar ni distribuir este invento que la coloca, efectivamente, como la pionera del libro electrónico. Tenía casi 70 años cuando fue rechazada de nuevo. Tenía 75 cuando fue ella quien rechazó explotar sus patentes en Estados Unidos. Ese invento había nacido en Ferrol, en España, en un ambiente educativo particular. Allí moriría. Hoy en día, este prototipo está expuesto en el Museo Nacional de Ciencia y Tecnología de A Coruña.

El aplauso de un pueblo y muchos reconocimientos

La aldea de Santa Eugenia de Mandía no podía imaginar, cuando recibió a Ángela en 1918, que terminaría convirtiéndose en un miembro tan valioso de su comunidad. El 18 de diciembre de 1925, los vecinos se reunieron para aplaudir a su vecina, en un acto público en el que destacaron y agradecieron lo que estaba haciendo por todos ellos. Aplaudían a esa profesora entregada, a esa mujer dedicada, a una madre de tres hijas a las que tuvo que educar sola pronto, pues su marido falleció prematuramente.

En 1947, recibió la Cruz de Alfonso X el Sabio, por sus innovaciones en el ámbito de la educación y por su gran labor social. 5 años más tarde, recibió la Medalla de Oro en la primera Exposición Nacional de Inventores Españoles. En 1957, recibió la Medalla de Bronce en la Exposición Internacional de Bruselas. Como sucede con su vida, se necesitaría mucho tiempo para enumerar todo lo que consiguió y las cientos de personas a las que ayudó a educarse, formarse y encontrar un camino.

Ángela Ruiz Robles

Así que hay que resumirlo así. Con el aplauso de un pueblo que consideró un hogar, con una decena de reconocimientos por parte del ámbito científico y con una concesión final, aunque tardía. En 2013, el Ministerio de Educación y el Ministerio de Economía editaron el libro Ángela Ruiz Robles y la invención del libro mecánico. Ya no había nada que financiar. Solo quedaba agachar la cabeza y rescatar de la historia otro nombre que fue borrado.

Da la sensación de que Ángela Ruiz Robles vivió muchas vidas. Al menos tres. La de mujer, la de maestra y la de inventora. En relación a la segunda, tuvo tiempo también de escribir 16 libros de textos sobre diferentes materias. Con respecto a la tercera, la que se desarrollaba cuando acostaba a sus hijas, se dedicó de forma continua a concretar mejoras para ese invento por el que, al final, nadie apostó. Es una pena. En 1971, Michael Hart desarrolló el Proyecto Gutenberg, por el que es reconocido mundialmente como inventor del e-book. Es una pena porque podría haberse dado antes, podría haber sido en España y podría haber llevado nombre de mujer.

Anterior capítulo pequeño

Siguiente capítulo pequeño