Cuentan que el Papa Luna fue una persona terca. Incluso cuando se había convertido en un pastor que predicaba sin fieles, no dejó de considerarse eso mismo: el gran pastor. Pedro Martínez de Luna y Pérez de Gotor nació en un municipio de Zaragoza en 1328. Murió 95 años más tarde en el castillo que convirtió en la Sede Pontificia, rodeado de las pocas personas que aún creían en su legitimidad.

Todavía hoy es fácil imaginar, al irrumpir en el Castillo de Peñíscola, un reinado religioso entre sus robustas murallas, que durante muchos años acogieron a esta figura que tanto incomodó a Roma. El aragonés puso en jaque a la cristiandad europea en una época, la del Cisma de Occidente, muy convulsa. En los últimos compases de su antipapado, desde la llamada ciudad en el mar, todavía peleó con decisión por su título, dando la espalda a la oficialidad sentenciada por la Iglesia, que también le había dado la espalda a él.

El Gran Cisma de Occidente: la historia de los tres papas

Peñíscola desde la distancia

Peñíscola jugó un papel inesperado en este Gran Cisma de Occidente | Shutterstock

La crispación en la Occidente católica llevaba muchos años servida. Aunque Gregorio XI pareció conciliar las diferentes corrientes y pretensiones que caracterizaron aquellos años, el pacífico retorno a Roma de la Sede Pontificia fue efímera. Cuando Gregorio XI falleció, una nueva elección echó por tierra los esfuerzos del difunto papa y su Curia Pontificia, a la que pertenecía Pedro de Luna, el futuro Papa Luna. Quizá recordara, durante esos últimos años paseando por Peñíscola, los tiempos en los que no fue más que un cardenal de Gregorio XI. Los tiempos en los que se hizo un hueco entre los altos mandos de la Iglesia católica.

Tras el fallecimiento de Gregorio XI, el concilio decidió cambiar el rumbo y apuntar hacia Italia para elegir un nuevo papa: Bartolomeo Prignano, Urbano VI. Pero este fue un mal pontífice y el beneplácito de sus compañeros no duró más que unos meses. En el verano del año 1378, la mayoría de los cardenales de la Curia declararon nula su elección y no tuvieron más remedio que volver a tender una mano hacia la Avignon de los franceses.

Un nuevo papa francés salía elegido: Roberto de Ginebra, Clemente VII. Pero Urbano VI se negó a renunciar, a pesar de que la mayoría de los estados europeos reconocieron a Clemente VII como el papa legítimo. Según el derecho canónico, en cualquier caso, su elección no era válida, pero el título siguió adelante. Así nació el primer antipapa del Gran Cisma de Occidente. El sucesor tras su fallecimiento fue el mismo hombre que más tarde atraería todas las miradas hacia Peñíscola, Pedro de Luna. Elegido el continuador de esa corriente que no reconocía a Urbano VI como Pontífice, tomaría entonces el nombre de Benedicto XIII. Empezaba su antipapado.

La terquedad de Benedicto XIII

La sucesión entre Clemente VII y Benedicto XIII no fue considerada válida en Roma. Tampoco recibió el mismo apoyo que había recibido en Francia. Al fin y al cabo, Clemente VII era francés, mientras que Benedicto XIII, el Papa Luna, era aragonés. Los intereses que el gobierno francés tenía en uno y otro eran completamente diferentes, así que Avignon no lo recibió con los brazos abiertos ni tampoco, al final, lo hicieron los cardenales antaño partidarios de Clemente VII.

El Papa Luna vivió los primeros cinco años de su mandato entre disputas, polémicas y cónclaves. Finalmente, en 1398 la corona francesa le presionó para que renunciara a ese título que, en cualquier caso, no era reconocido como oficial en Roma. El clima fue crispándose en este lado del cisma, hasta que el antipapa huyó a Nápoles, ya en el año 1403. Seis años más tarde, entró en el juego una nueva figura: la de Alejandro V, proclamado papa tras un concilio en Pisa que de nada sirvió. El Papa Luna siguió en sus trece, expresión que nació con su terquedad. Él, Benedicto XIII, era el único papa legítimo, a pesar de que había un total de tres proclamados de una u otra manera.

En su defensa, alegaba que era el único que había sido elegido cardenal antes de que se produjese el Gran Cisma de Occidente. Eso le concedía una legitimidad que terminó por agotar a la Iglesia, a los reyes, a sus opositores e incluso a quienes estaban de su lado. En el año 1417, la Iglesia optó por eliminar todos los papas y antipapas existentes hasta ese momento. Martin V fue elegido el Pontífice que debía unificar, de una vez y para siempre, a la Iglesia católica. El Papa Luna no lo aceptó. Entonces llegó a Peñíscola.

Peñíscola, la ciudad en el mar, fue el feudo de Benedicto XIII durante sus últimos años

Peñíscola, la ciudad en el mar, fue el feudo de Benedicto XIII durante sus últimos años | Shutterstock

El antipapa de Peñíscola

En realidad, llegó al Reino de Aragón de Alfonso V. Fue este quien le cedió el castillo de Peñíscola, antaño ocupado por los templarios, y fue en Peñíscola donde se hizo fuerte. De poco sirvió que trataran de convencer al Papa Luna de la necesidad de renunciar, por el bien de la Iglesia católica y también por su propio beneficio. Pedro de Luna creyó hasta el final en el nombre que se le había otorgado, Benedicto XIII, y así desquició a todos cuantos intentaron que claudicara. Al final, optaron por ignorar sus actos. Rechazado y aislado, construyó su pequeña Santa Sede en el Castillo de Peñíscola, donde, mirando al mar, gobernó hasta su muerte a los pocos que quisieron ser gobernados por el penúltimo antipapa del siglo XV. Tuvo sucesor, pero su empeño no duró más que unos años.

Pedro de Luna tuvo tiempo para reflexionar en Peñíscola, confinado como estuvo durante tanto tiempo. Quizá lo hiciera en torno a sus orígenes. Siendo como fue el segundo hijo de una familia noble aragonesa, no tuvo más remedio que orientar su carrera hacia la religión. Pero conociendo la manera en la que recorrió el sendero de la fe, podría decirse que fue, más que una imposición, una vocación en la que creyó hasta el último de sus días.

Benedicto XIII estableció su Sede Pontificia entre las murallas del Castillo de Peñíscola

Benedicto XIII estableció su Sede Pontificia entre las murallas del Castillo de Peñíscola | Shutterstock

Por su fuerte carácter, no hay que imaginarlo lamentando el complicado camino que tuvo que recorrer: hay que imaginarlo seguro de sí mismo. Modernizando la ciudad de Peñíscola desde el impresionante promontorio rocoso en el que se encuentra el castillo, cuya primera piedra la habían colocado los templarios un siglo antes. O emitiendo bulas con efecto real. El Papa Luna fue, de hecho, el responsable de que se levantara en Escocia la primera universidad. Fue en Saint Andrews, en 1413. Sus actos, después ignorados por Roma, sí tuvieron repercusión en los estados que, como Escocia, siguieron apoyando sus pretensiones.

El Papa Luna falleció, finalmente, en el año 1423. Peñíscola continuaría siendo esa alternativa Sede Pontificia unos años más, pero sin la fuerza de Pedro de Luna nada tuvo que hacer contra Roma. La ciudad eterna, sin embargo, tuvo que ver cómo, durante mucho tiempo, una pequeña ciudad marinera del Reino de Valencia le hacía la competencia, y eso la historia no lo borra.

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