La Riada de Santa Teresa está considerada, casi 150 años después, una de las mayores catástrofes planetarias. En 1879, Orihuela y Murcia desaparecieron del mapa después de que el río Segura y sus afluentes se desbordaran tras interminables lluvias torrenciales. Más de mil muertos, cuantiosos daños materiales o aldeas enteras desaparecidas entre el lodo, son alguno de los datos que aquella fatídica noche de Santa Teresa dejó tras de sí. Uno de los mayores desastres naturales que, incluso, recibió cobertura internacional, sobre todo, desde Francia. Hoy, una exposición en el Ayuntamiento de Murcia recuerda aquellos funestos días.

Ilustración de la riada de Santa Teresa

Ilustración sobre la riada. | Izania Ollo para laverdad.es

La Riada de San Calixto, un precedente premonitorio

Geográficamente, la cuenca del Segura es una región en continua sequía. Hoy, los numerosos trasvases que recibe no terminan de disimular que Murcia y sus límites son propios de la agricultura de secano. Allá por 1879, la capital, Lorca y demás aldeas venían de sufrir el enésimo desecamiento de la zona. Los periódicos de la época, entre resultados de elecciones generales e intentos de regicidios, daban parte de la escasa lluvia que regaba los campos murcianos. Y como siempre, la naturaleza se dio el capricho de contentar, a su manera, a todo el sureste español en forma de la archiconocida como gota fría.

Por otro lado, de inexplicable razón resulta el hecho de que esta riada, la de 1879, ocurriera justo el mismo día que otra de parecidas dimensiones: la de San Calixto. El 14 de octubre de 1651, también en la cuenca del Segura y también afectando a las ciudades de Orihuela y Murcia, tuvo lugar el desbordamiento del mismo río. Comparando los datos, los resultados obtenidos asustan por su similitud. Según fuentes documentales de la época, en 1651 murieron alrededor de 1.000 personas y el agua alcanzó los ocho metros de altura.

La Murcia de entonces, la de 1651, luchaba por salir de una crisis profunda provocada por la expulsión de los moriscos años atrás. Quizá esta circunstancia, años más tarde, la zona recibió ayudas públicas que llevaba reclamando medio siglo. Poco a poco, los efectos de la riada del siglo XVII fueron menguando. Felipe V ordenó la repoblación de la zona, lo que dio lugar a una sustitución lingüística paulatina. Así, todos en el sureste de España empezaban a ser castellanohablantes.

Grabado de la Riada de Santa Teresa

Grabado de Gustave Doré. | Wikipedia CC

14 de octubre de 1879, día D

El 14 de octubre de 1879 nada parecía presagiar lo que, horas más tarde, cambiaría el costumbrismo murciano de la época. La huerta amanecía, tras meses de sequía, agonizante. Sin embargo, las primeras nubes del día vaticinaban lluvias que, quizá, levantasen de algún modo la cosecha en el mes de octubre. Pero, en ocasiones, la naturaleza concede deseos en proporciones hercúleas.

Según las crónicas del momento, hacia las 16.00h de aquel día de octubre, el agua ya inundaba varias partes de Lorca. El barrio de San Cristóbal o Santa Quiteria ya habían sucumbido al oleaje del Segura. La corriente arrasaba todo lo que osaba ponerse delante. Murcia se preparaba para un torrente insostenible que amenazaba los frutales y las tierras del alto Segura. Sobre las 9 de la noche, y después de haber hecho desaparecer la aldea de Nonduermas, la riada entraba abruptamente en la capital.

La madrugada oscurecía el desastre. El repique de campanas de la catedral anunciaba a los paisanos la catástrofe que ni el más incrédulo de los murcianos podía sospechar. Alcalde, gobernador y Guardia Civil intentaron minimizar daños levantando un dique en el propio malecón. Pero era tarde. El Segura llevaba un caudal próximo a los 2.000 metros cúbicos por segundo. Un exceso. Un horror. Una barbaridad de agua, lodo y fango que invitaba a cuantificar daños personales y materiales.

Dibujo que muestra la caridad en Madrid

Caridad organizada en Madrid para las victimas de las inundaciones. | Biblioteca Digital Gallica

La noche más oscura

Toda la noche que precedió al 15 de octubre fue una escena tremendista que ni el propio Cela hubiera acertado a describir. “Vista desde la torre de la catedral, la huerta, de un lado y otro, es un mar. El hospital y la cárcel también están inundados”, relataba el Diario de Murcia en su crónica del 15 de octubre. Pero aún estaban lejos de la realidad. Los bomberos a caballo y en barcas prefabricadas, se afanaban por rescatar algún que otro superviviente.

Mientras que Martínez Tornel, el cronista de la época, intentaba dibujar la catástrofe vivida, la Junta Local de Socorro iba pedanía por pedanía, casa por casa, anotando cada una de las pérdidas. “Día de luto, sí, día de luto es para Murcia el día de hoy. En esta noche pasada, la avenida más terrible del río que se ha reconocido, ha destrozado con sus negras, rugientes, y pestíferas olas, inmensas riquezas, y, ¡Dios sabe!, las víctimas que habrá causado”, clamaba Tornel.

Murcia, epicentro mundial

Durante los días siguientes al desastre natural, Murcia se convirtió en el epicentro mundial de la información. El propio Diario de Murcia se volcó con la riada y toda información que aparecía en sus cuatro páginas eran sobre lo ocurrido. Eliminó hasta la publicidad y ninguna otra información era susceptible de ocupar ni una sola de las líneas del periódico. Las lastimeras crónicas de Martínez Tornel se hicieron populares y precipitaron la visita de Alfonso XII, monarca de la época.

Portada del Diario de Murcia en 1879

Portada el 16 de octubre de 1879 de El Diario de Murcia. | Archivo de Murcia

Hasta la estación de Alcantarilla llegó el séquito real. Las comunicaciones con Madrid todavía tardaron meses en reactivarse, pero hasta Murcia llegaron numerosos cronistas desde cualquier punto del país. El Imparcial, El Globo o El Liberal mandaron corresponsales a Murcia para que toda España supiera de la magnitud de la tragedia. Pero lo que nadie esperaba es que desde París se hicieran eco de las inundaciones murcianas.

La tragedia murciana se convirtió en la noticia internacional de una “catástrofe planetaria”. El acontecimiento tuvo cobertura mundial y las desgracias murcianas llegaron a oídos del entonces presidente de la agencia Havas, Edouard Lebey. También francés, el más tarde exitoso escritor Octave Mirbeau llegó hasta España para cubrir la riada y, un mes más tarde, asistir como reportero a la boda de Alfonso XII y María Cristina.

Mecenazgo mundial para una Murcia devastada, Paris-Murcie

Auspiciados por Lebey, el Comité de la Prensa Francesa editó un periódico para ayudar a las víctimas de la riada. La tirada fue de 300.000 ejemplares con textos del mismísimo Victor Hugo o Alejandro Dumas. Desde el Papa Leon XIII a reyes, gobernadores y escritores varios. Toda la élite europea colaboró con el rotativo que, al precio de 1 franco, recaudó para las familias de Murcia. Paris-Murcie, con el paso del tiempo, adquirió un valor histórico incalculable. El inmenso prestigio de las firmas participantes es impensable a día de hoy.

No obstante, las ayudas no solo llegaron de la mano de la publicación francesa. Parece que impulsado por una Isabel II exiliada en París, la casta francesa se organizó en forma de mecenazgo para aportar algunas donaciones que ayudaron a relanzar a Murcia.  En el flamante hipódromo parisino se organizó una especie de rifa con objetos aportados por importantes personalidades de la época. Además de loterías y mercadillo, tuvo lugar un baile de postín con cantaores flamencos y otros artistas. La parafernalia ayudó a recaudar la nada desdeñable cantidad de 43 millones de pesetas al cambio.