Madrid a Federico García Lorca. Eso es lo que puede leerse en la escultura que hoy brilla en la madrileña Plaza de Santa Ana, frente al Teatro Español. Lorca mira hacia un teatro que conoció bien, con un ruiseñor en sus manos que busca echar a volar. Fue uno de los grandes símbolos de su obra. Esta otra, la estatua de bronce, fue responsabilidad de Julio López Hernández. La levantó bajo la dirección de Miguel Narros, el entonces director del Teatro Español, a mediados de los años 80. Cuando el nombre del poeta y dramaturgo ya se reivindicaba, en Madrid y en todo el mundo, a viva voz.

La vida dedicada al arte

Federico García Lorca nació un 5 de junio de 1898 en Fuente Vaqueros, Granada. Su vida dedicada al arte empezó mucho antes de su llegada a Madrid, y empezó con una disciplina que quizá sorprenda: la música. En su adolescencia, en su temprana juventud, Lorca era conocido por su pasión por la música y por sus estudios en este área. Siempre estuvo rodeado de maestros, como Antonio Segura Mesa, con quien estudió piano, o Manuel de Falla, con quien trabajaría en diversos proyectos más adelante. La vida dedicada al arte de Federico García Lorca puede entenderse de muchas maneras: Lorca persiguió el arte, y los artistas rodearon a Lorca. Le unió una fuerte relación a Salvador Dalí, que le animó a probar su talento también en las artes plásticas. También a Luis Buñuel, con quien coincidió en ese hervidero de talentos que era la Residencia de Estudiantes de Madrid.

Lorca llegó a la capital llevado por sus inquietudes intelectuales, por la vida que bullía en su interior, y que encontró en las calles que lo esperaban, y también porque quería seguir los pasos de sus colegas de la Universidad de Granada, donde estudió Filosofía y Letras y Derecho. A mediados de 1919, estaba ya instalado en el lugar donde dejaría una huella imperecedera, como esa estatua de bronce que hoy nos recuerda a todos quién fue una de las grandes figuras del teatro español del siglo XX.

La figura de Lorca empezó a reivindicarse con fuerza en los años ochenta

La figura de Lorca empezó a reivindicarse con fuerza en los años ochenta | Shutterstock

El fracaso y el éxito

Sus inicios, en cualquier caso, no fueron fáciles. El estreno de su primera obra, El maleficio de la mariposa, un 22 de marzo de 1920 en el Teatro Eslava, estuvo seguido de duras críticas, de abucheos. Se celebraron menos de diez representaciones. Como dramaturgo, Lorca siempre buscó la innovación. También buscó y rebuscó en su interior, decidido a llevar a los escenarios la muerte, el amor, la vida, los conflictos de la humanidad. Pero Madrid no estaba, no al principio, preparado para esto, así que sufrió de grandes fracasos. Poeta autoeditado, dramaturgo frustrado, hombre de corazón roto y delicadeza asombrosa, Lorca tuvo que esperar hasta encontrar su camino. Llegó tras numerosos viajes, tras numerosos intentos.

Era ya 1927 cuando estrenó, el 12 de octubre en el Teatro Fontalba de Madrid, Mariana Pineda. Venía de un estreno aplaudido en Barcelona, y fue el encargado de inaugurar la temporada en el teatro. Fue un éxito. El dramaturgo no estaba convencido de su texto que fue, sin embargo, el texto que le hizo despuntar. El 8 de marzo de 1933 estrenó, en el Teatro Beatriz, Bodas de sangre, iniciando con esta obra su trilogía dedicada a la tierra española, que nunca vería completa sobre los escenarios. El 29 de diciembre de 1934, estrenó Yerma. Para cuando terminó de escribir La casa de Bernarda Alba, en 1936, era demasiado tarde. No se estrenaría hasta pasados quince años, en Barcelona. No ha dejado de representarse desde entonces.

Escultura de Lorca frente al Teatro Español

Escultura de Lorca frente al Teatro Español | Shutterstock

Madrid y la vida

Durante aquellos años de principios del siglo XX, en la vida de la capital existía un intenso movimiento con el que Lorca pudo sentirse identificado sin esfuerzo. Fue una época de crecimiento y de cambios constantes, de debates públicos, de políticos que vociferaban, de reivindicaciones, de lucha. Fue la época de la Residencia de Estudiantes, que reunió algunos de los nombres más importantes a nivel cultural de nuestra historia. El mismo Lorca, también Dalí o Buñuel, Rafael Alberti o Jorge Guillén residieron en ésta. Juan Ramón Jiménez o Miguel de Unamuno se dejaron ver también en este centro que pereció con la Guerra Civil, pero que nos dejó un círculo intelectual inolvidable. A él se sumaron talentos internacionales, como Albert Einstein o Marie Curie.

Pocas veces antes las calles de Madrid habían vivido un momento tan rico culturalmente hablando. Nunca sabremos qué hubiera sucedido si la Guerra Civil no se hubiera llevado por delante tantos sueños, tanto talento. El recuerdo de esa Residencia de Estudiantes, de su legado y del ambiente que existió en las calles madrileñas a comienzos del siglo XX explican, en cualquier caso, lo que el teatro de Lorca, también parte de su poesía, nos transmite hoy en día. Quizá esas calles no fueran protagonistas de sus obras, pero tuvieron una enorme influencia en el hombre que las creó.

La escultura de Lorca en la Plaza de Santa Ana es uno de los monumentos más reconocibles de las calles madrileñas

La escultura de Lorca en la Plaza de Santa Ana es uno de los monumentos más reconocibles de las calles madrileñas | Shutterstock

La vida de los pueblos españoles

Fue durante un viaje organizado por la Universidad de Granada cuando Lorca sintió el despertar de su vocación como escritor. El dramaturgo visitó Baeza, Úbeda o Córdoba, Salamanca, León o Burgos, descubrió también el Norte gallego y la capital en la que posteriormente viviría. A raíz de este viaje escribiría Impresiones y paisajes, en 1918. A raíz de este viaje llegaría todo lo demás.

Y pasó buena parte de los últimos años de su vida viajando. Dejamos atrás Madrid, pero no abandonamos al Lorca dramaturgo. Lo sentimos, de hecho, incluso con más fuerza. Y es que en 1931 fundó La Barraca, una compañía de teatro dedicada a la representación de los clásicos, desde Lope de Vega hasta Calderón de la Barca. El propósito de La Barraca era llevar el arte del teatro a rincones del país que, de otra manera, no hubieran tenido acceso a estas obras.

Así que: Madrid a Federico García Lorca, sí, pero también España, al completo.

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