Fueron muchos los autores que se rebelaron frente al neoclasicismo de Moratín, frente a su habitación en Madrid y sus normas sobre los escenarios. El movimiento romántico surgió en las primeras décadas del siglo XIX, y vivió al margen del deseo moralizador, instructivo y educativo del teatro visto hasta el momento. Rompió las reglas establecidas sobre cómo desarrollar una u otra obra, apostó por los sentimientos como hilo conductor y llevó siempre la libertad por bandera. Fueron tiempos de creaciones individualistas en las que no importaba tanto el sentir de la sociedad como el yo, el uno mismo.

Alemania fue el país europeo en el que surgió esta corriente literaria que encontraría formas de expresión en todas las artes. Hacia 1820, el romanticismo estaba presente en todo el continente. Narrando sobre las tablas historias de amores apasionados que chocaban con las sociedades en las que tenían que vivir esas historias. Por eso, generalmente, acababan en tragedia. No fue hasta años más tarde cuando se hizo un hueco en nuestros propios teatros, y costó que fuera así. Tuvo que llegar un dramaturgo que, estableciendo diferencias significativas y salvando las distancias, logró algo similar a lo que Lope de Vega logró en su día: poner de acuerdo al público.

El romanticismo en Madrid, amor y odio

Fachada Teatro Español, Madrid

El Teatro del Príncipe, ahora Teatro Español, fue uno de los edificios más importantes del siglo | Shutterstock

España vivió un siglo XIX convulso. El paso del Antiguo Régimen a una sociedad más liberal, el abandono de la monarquía absoluta y la constitución de nuevas formas de gobierno, el liberalismo, un nuevo retroceso hacia las formas antiguas, la llegada de Isabel II… Como sabemos, como venimos viendo, los cambios políticos y sociales influyeron enormemente en todo tipo de producciones artísticas, en general, y en las producciones teatrales, el tema que nos ocupa, en particular.

A medida que el país se fue abriendo hacia el liberalismo, esas formas artísticas también lo hicieron. Se permitió, así, el debate, incluso la denuncia, en las historias que los autores se animaron a contar. Sucedió un tanto parecido en el teatro: ya no tenía que ser, de forma obligatoria, un espectáculo entretenido e insustancial para el público, ni tampoco tenía que adecuarse de manera obligatoria a los preceptos impuestos por el gobierno. Había aires de libertad.

El público empezó a buscar variedad, aunque no dejó de sentir, en este siglo XIX, una evidente predilección por la ópera. Fue la ópera, de hecho, el espectáculo que llenó los teatros de comienzos de siglo. Pero, al margen de los espectáculos, el público madrileño quería verse en los escenarios. Por eso el drama romántico tardó en hacerse un hueco en la sociedad de mediados del siglo XIX. Los espectadores no encontraban ni en sus excesos ni en la pasión desmedida de sus personajes un reflejo de sí mismos.

Se considera que el romanticismo llegó de manera definitiva a nuestros escenarios con el estreno de Don Álvaro o la fuerza del sino, del Duque de Rivas, pero no fue un estreno exitoso. El 22 de marzo de 1835, el público abandonó el Teatro del Príncipe de Madrid con una mezcla de asombro y extrañeza. Algunos no ocultaron su rotundo rechazo, incluso su condena. La obra volvió a representarse en otras ocasiones, aunque los diferentes estudios no se han puesto de acuerdo a la hora de establecer un número concreto; se estima que se rondaron las diez representaciones. En cualquier caso, el veredicto es claro. Si bien hubo interés, nunca llegó a ser un éxito rotundo, y el interés no siempre estuvo acompañado ni del buen ánimo ni de las expectativas cumplidas. El público de Madrid no se identificaba con las formas románticas.

La unión en torno a José Zorrilla

José Zorrilla

José Zorrilla | Shutterstock

José Zorrilla nació en Valladolid un 21 de febrero de 1817. Cuando tuvo oportunidad, el que terminaría siendo uno de los poetas y dramaturgos más importantes de nuestra historia se trasladó a Madrid. Huía de su padre y de la vida que quería imponerle. En Madrid, Zorrilla se rodeó de otros artistas, se sintió cómodo y pudo dar rienda suelta a su creatividad, que le llevó a producir un gran número de obras teatrales que se estrenarían en los años siguientes. La primera fue Cada cual con su razón, en 1839. Murió a los 76 años, en la capital, dejando una huella que podemos rastrear hoy en día.

La importancia de José Zorrilla con respecto al género romántico tiene que ver con la manera que tuvo de abordarlo. Nunca se alejó de sus ideales, ni de la esencia de la propuesta nacida en Alemania y consolidada en países como Francia, pero sí dotó a sus obras de una cierta mesura y una contención que no tenían otras, y esto fue precisamente lo que le permitió acercarse al público madrileño. Y que el público quisiera acercarse a él. Sus producciones teatrales no estaban dirigidas por los excesos románticos, y siempre estuvo interesado en rebajar el tono de los grandes dramas. También estuvo ciertamente interesado en la historia y las leyendas de España, un interés que trasladó a sus obras, como demuestra El puñal del godo, estrenada en 1843. O, claro, su Don Juan Tenorio.

Su nombre siempre estará directamente relacionado con la figura del Don Juan. Fue este dramaturgo quien consiguió concretar y explotar la fuerza de un personaje mítico que nació en el siglo XVII con Tirso de Molina. Zorrilla lo elevó a la excelencia, aunque tampoco tuvo unos primeros años de vida sencillos. Se estrenó el 28 de marzo de 1844, en el Teatro de la Cruz. Como curiosidad: el por entonces popular actor Carlos Latorre fue este primer Don Juan.

No fue un buen estreno. A nadie debe sorprenderle, pues ni siquiera Zorrilla llegó a estar contento con el resultado final. “Mi Don Juan es el más grande disparate que se ha escrito (…) no tiene carácter, ni lógica, ni consecuencia ni sentido común”, llegó a escribir sobre esta obra. Esa fue la razón por la que, diez días antes de su estreno, demostrando la poca confianza que tenía puesta en ella y la poca estima que tenía sobre sus palabras, la malvendió. No podía imaginar el éxito posterior.

Hasta nuestros días

Estatua de José Zorrilla en Valladolid, su ciudad natal

Estatua de José Zorrilla en Valladolid, su ciudad natal | Shutterstock

José Zorrilla sí vivió éxitos en vida, y aunque no siempre le acompañó la fortuna y la buena posición, su nombre nunca dejó de ser importante y reconocido en las calles de Madrid. Fue su romanticismo el que finalmente pudo hacerse un hueco, y todas las producciones inscritas a este género que llegaron tras él, tuvieron que crearse y desarrollarse siguiendo los patrones que estableció el dramaturgo. Fue el máximo exponente del romanticismo. No tanto porque fuera un romántico por excelencia, sino porque fue capaz de crear algo así como un romanticismo propio. Nunca abandonó la libertad y el sentimiento propios del movimiento artístico, pero los acercó al público de tal manera que pudieran abrazarlos. Aquí descansa su valor.

El 1 de noviembre de 1844, unos meses después de su primer estreno, Don Juan Tenorio se reestrenó en el Teatro del Príncipe. Fue un éxito que se ha repetido hasta nuestros días. Como si hasta ese momento los espectadores no hubieran sabido valorar el atractivo personaje que Zorrilla creó, los versos sencillos, fáciles de repetir, su ritmo ágil y la importancia que se le da al amor, elemento romántico por excelencia. Desde ese 1 de noviembre y hasta la actualidad, Don Juan Tenorio de José Zorrilla se ha representado un año tras otro, en esa fecha señalada y en otras muchas, convirtiéndose en la obra más representada de nuestra historia.

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