Muchas localidades españolas cuentan con apodos curiosos, como los maños en Zaragoza, caballas a los de Ceuta o boquerones a los originarios de Málaga. No obstante, uno muy llamativo es el de gatos como referencia a los madrileños. Algunos madrileños opinan que gato es solo aquel que ha nacido en Madrid de padres y abuelos madrileños, aunque para la RAE gato es cualquiera que haya nacido en la ciudad. Un mote muy simpático para catalogar a los madrileños de «pura cepa» que se atribuye a una hazaña histórica.

La historia comienza en el año 852

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Catedral de la Almudena

Para conocer el origen del apodo de gato en referencia a los madrileños hay que viajar hasta bien atrás, concretamente hasta el año 852, en los orígenes de la capital de España. En este tiempo el hijo de Abderramán II, llamado Muhammad I, había construido una gran y alta muralla que rodeaba todo el valle Manzanares. En la actualidad en esta zona se emplaza la majestuosa catedral de la Almudena y comienza la calle Mayor. 

La función de esta imponente fortaleza era la de vigilar la zona de la sierra de Guadarrama con el objetivo de proteger Toledo. Así, la fortaleza centró su poder en una gran muralla que servía de insalvable refugio, llevada a cabo con piedra procedente de las canteras de la Sierra de Madrid. En el interior del recinto fortificado nació una ciudadela y una mezquita llamada Almudaina. Así, Muhammad había fundado la ciudad de Mayrit que, con el paso del tiempo, derivaría en la actual Madrid.

La Reconquista

Pero como pasa en otras tantas historias, cuanto más complicada parece la hazaña más recelo y anhelo de conquista provoca. Mayrit tardó dos siglos en encontrar un rival digno hasta que finalmente apareció en escena. Eso sí, anteriormente ya había sufrido muchos intentos de conquista en los que solo se consiguió deteriorar la muralla. Estos intentos fueron perpetrados por Fernán González (conde de Castilla, Álava, Burgos, Lantarón y Cerezo) y más tarde, durante la Reconquista, en el 932, por Ramiro II de León. Este último era conocido entre los árabes como el “Diablo” debido a su ferocidad en batalla. Como consecuencia, la ciudadela cada vez se fortificaba más.

carretera de Toledo
Toledo

Por lo tanto, tal proyecto parecía imposible, pues las murallas que rodeaban a la ciudadela árabe medían 12 metros de altura, evitando así el paso cristiano hacia el sur atravesando la zona central de la meseta y dificultando el acceso a la grandiosa Toledo. Sin embargo, el ejército cristiano de Alfonso IV de León no tardó mucho en interesarse por este espacio musulmán. En 1083 el rey español había decidido su siguiente parada: la conquista de Mayrit, cuyo significado era el de “tierra rica en agua”. 

Incansables, las tropas de Alfonso VI no dejaban de conquistar territorios, aunque siempre deseando alcanzar la joya de la corona, Toledo. Con un analizado plan estratégico, se acordó que para ello era necesario hacerse antes con la ciudadela que se encontraba a 60 kilómetros de la localidad toledana. Por consiguiente, el rey inició el asedio de Mayrit, aunque tal propósito no iba a ser una gesta sencilla: la ciudadela no solo estaba protegida por sus altas murallas, sino que la altura de la colina sobre la que se ubicaba la fortaleza árabe le daba una defensa natural que se sumaba a la enérgica resistencia musulmana.



 

Un escalador nato entre las filas del rey

Por mucho que las flechas de los arqueros cristianos del ejército del rey golpearan las murallas, no lograban causar apenas más daño. Necesitaban tomar la ciudadela desde dentro. La muralla contaba con tres accesos, uno de ellos era la puerta de la Vega, donde se establecieron las tropas del rey. Mientras pensaban cómo podrían pasar la alta muralla, un soldado se separó del pelotón y, sin más dilación, comenzó a escalar el muro con ayuda de una daga que iba clavando en la dura piedra. Su habilidad y rapidez fue tal que desde abajo sus compañeros lo asemejaron con un gato. Una vez se encontró en lo alto de la muralla, facilitó el paso a las tropas cristianas del rey Alfonso IV y cambió la bandera árabe por la insignia cristiana.

A raíz de esta proeza el soldado fue conocido por todos como “gato”. Por si esto no fuera poco, el apodo se extendió también al resto de su familia y descendencia. Para hacer su hazaña perenne en el tiempo, se cuenta que el soldado cambió el nombre familiar por el de “gato”, convirtiéndolo en su apellido oficial.