Desde Lope de Vega congregando a decenas de personas frente a los escenarios que llenó de vida hasta Buero Vallejo recordando al público de la posguerra que sus vidas tenían un valor, pasando por ese pueblo que salió a las calles del Madrid de principios de siglo XX para despedir a un vecino muy querido, Benito Pérez Galdós. La historia de la ciudad ha estado ligada a la historia del teatro. Puede decirse que se han escrito juntas, a la par, de forma paralela. Ambos, dos figuras vivas que han protagonizado una de las historias de amor más duraderas y sinceras que ha visto este país.

Una que ha sabido adaptarse a los tiempos, renovarse, buscar nuevas formas de existir. Esa historia de amor ha visto pasar los siglos y sigue viva hoy en día. Las puertas de los teatros siguen abriendo y cerrando, los escenarios siguen llenándose de voces, suenan aplausos y el público se siente tan conectado como siempre a lo que los dramaturgos, y las dramaturgas, crean a partir de las calles de esta ciudad.

Los teatros como punto de encuentro, el teatro como punto de encuentro

En Gran Vía brillan los espacios dedicados al teatro

En Gran Vía brillan los espacios dedicados al teatro | Shutterstock

Dice Ángel Murcia, director artístico de los Veranos de la Villa de Madrid, que el teatro forma parte del ADN de la ciudad. Que no puede imaginar que la sociedad de Madrid no tenga teatros. Punto de encuentro artístico, intelectual, social, sus edificios han pasado a ser un elemento simbólico de la capital. Si el teatro ha sido siempre ese punto de encuentro, los teatros, los edificios, han pasado a serlo también. Decenas de personas se citan cada día en la fachada del inconfundible Teatro Español para disfrutar de las calles del centro de Madrid. Otras muchas lo hacen para disfrutar de lo representado en sus escenarios. El espíritu de este arte y también sus formas físicas forman parte, en efecto, de la genética madrileña.

En un momento en que la cultura está viéndose afectada por la crisis sanitaria, los teatros siguen abiertos en la medida de lo posible. Continúan ofreciendo lo que siempre han ofrecido al público. Calidez, entretenimiento, comprensión, diversión, reflexión. Una mirada artística a las cosas que afectan, preocupan, entusiasman o inquietan. El teatro sigue siendo un motor de la ciudad de Madrid.

Se advierte en la espina dorsal de la capital, en esa Gran Vía plagada de luces que anuncian musicales o comedias, adaptaciones o creaciones, sean propias de dramaturgos que empiezan o de otros que han dedicado su vida a esto. Los intérpretes que ocupan las pantallas se mueven también sobre los escenarios. Más cercanos, más humanos. El público nunca falta. El público sigue respondiendo, aun con las sonrisas tapadas y dos metros de distancia a ambos lados.

Los espacios comunes, los de siempre y los nuevos

Escultura de Lorca frente al Teatro Español

Escultura de Lorca frente al Teatro Español | Shutterstock

Se han sumado otras muchas salas al tradicional Teatro Español, que antaño, en tiempos de Tirso de Molina, era conocido como el Corral del Príncipe. Esos corrales de comedia evolucionaron y se multiplicaron hasta la oferta que hoy puede encontrarse en los rincones de siempre. También en otros nuevos. El Teatro Real, inaugurado en el año 1850, o el Teatro Lara, que abrió sus puertas treinta años más tarde en el barrio de Malasaña, siguen en funcionamiento casi dos siglos más tarde. El Teatro Reina Victoria cumplió un siglo el 10 de junio de 2016 y el Nuevo Teatro Alcalá hará lo propio en 2024. Estos espacios comunes se reinventan y han surgido así el Teatro del Barrio o la Sala de Teatro Cuarta Pared.

En estos espacios comunes, el público madrileño ha visto de todo. Ha asistido a la recuperación y la renovación de grandes clásicos que cumplen tradiciones, como ese Don Juan Tenorio representado cada 31 de octubre. Ha vivido la reivindicación de la mujer dramaturga, profesión ahora poblada de grandes nombres como el de Ana Diosdado, Angélica Liddell, Lola Blasco o las ya citadas Laila Ripoll e Itziar Pascual. También ha visto cómo la actualidad llegaba a los escenarios, con esa Jauría escalofriante que enmudeció al Teatro Kamikaze. Ha puesto en valor éxitos internacionales, como esa Traición británica que hace unos meses completaba (por el momento) la historia del Pavón Kamikaze, sala de un valor incalculable en las últimas décadas.

Espacios de siempre, espacios nuevos, espacios comunes. Grandes clásicos, miradas actuales, adaptaciones y homenajes, experimentos y contacto directo con el público. El Madrid de hoy en día está viviendo una época creativa dorada. La estaba viviendo antes de ese parón cultural obligado, pero también durante el mismo. Y la seguirá viviendo después.

La eterna voz del pueblo

lluvia en Madrid

En este recorrido por la historia del teatro y la historia de Madrid, ha sido tarea sencilla señalar la manera en la que cada dramaturgo importante de cada época vivida funcionó como una especie de voz común de un pueblo. De sus gustos, sus inquietudes, sus conflictos y sus deseos. Regresando al siglo XXI, no es tampoco un reto señalar una función similar en los escenarios. Estos han capturado la esencia de las calles gracias a las grandes mentes teatrales que las han recorrido, que las han convertido en tragedias y comedias. En todo tipo de espectáculos.

Siempre ha sido así y siempre será así, porque el teatro es uno de los más eficaces, sólidos y preciosos medios de comunicación que existen. Una voz de espíritu común, compartido, que convierte rincones cualquiera en escenarios comunes, de reunión. Madrid, con todo esto y con todo lo que vendrá, ha sabido valorar, potenciar y cuidar este valor del teatro. Porque ambas cosas, ciudad y arte, son indivisibles.

Botón anterior capítulo grande