Las mujeres siempre han estado presentes en la historia, en el teatro. También en el Madrid de Valle-Inclán, y de Leandro Fernández de Moratín, y en el Madrid de Tirso de Molina. Antes, mucho antes, allá por el siglo XIII, juglaresas como la gallega María Balteira amenizaban la corte de Alfonso X el Sabio con sus espectáculos. Trabajos que incluían representaciones dramáticas que escribían e interpretaban ellas mismas.

Las mujeres siempre han estado presentes, desde que el concepto del teatro actual se instauró. Desde los primeros corrales de comedia y en todas las corrientes artísticas que han condicionado lo representado en las tablas en una u otra época. Otra cosa es que lo hayan tenido fácil o que la historia haya hecho justicia a las dramaturgas. Aquellas que, como sus compañeros, participaron en las tertulias literarias y escribieron obras teatrales, cómicas o trágicas. Las que se pasearon y retrataron ese Madrid que hoy, al menos, las honra un poco más.

Los problemas de las dramaturgas

Plazuela de Ana Diosdado, en el madrileño barrio de Lavapiés

Plazuela de Ana Diosdado, uno de los pocos reconocimientos en la ciudad a las dramaturgas | Ayuntamiento de Madrid

Los problemas de las dramaturgas han sido muchos, muy variados, a lo largo de esta historia. Comenzando con esa visión escindida del planeta, que históricamente ha otorgado al hombre el papel de ente activo. Mientras tanto, la mujer tenía que conformarse con ser la figura pasiva, la acompañante, la musa para los creadores, para los genios. No fue hasta el 17 de noviembre de 1587 cuando el Consejo de su Majestad autorizó la presencia de mujeres en los escenarios… siempre que estuvieran casadas con un actor de la agrupación. Esta incorporación a la vida teatral se realizó de forma paulatina y no fue, en principio, una concisión de plena libertad. Pese a ello, terminó con los castigos que se imponían a las mujeres que deseaban ser actrices. Barbaridades que iban desde el destierro hasta penas económicas.

Las mujeres también han sido creadoras, también han sido genios. En los últimos tiempos los estudiosos se han esforzado por recuperar obras perdidas. Trabajos firmados con seudónimos masculinos, también algunos privados de toda autoría. Para comprender la dimensión de esto, sirva de muestra el caso de María de la O Lejárraga, nacida en San Millán de la Cogolla en 1874 y fallecida en Buenos Aires un siglo más tarde. Fue escritora, activista feminista y esposa del dramaturgo Gregorio Martínez Sierra, con quien guardó un secreto a voces desvelado oficialmente a finales del milenio. Que María de la O Lejárraga, y no su esposo, era la autora de las obras que habían encumbrado a ambos a la fama. Su teatro triunfó, pero su nombre casi siempre permaneció en un segundo plano. Cuántos otros nombres de mujer no estarán escondidos detrás de los anónimos que hoy tenemos.

Presentes desde el Siglo de Oro

Sor Juana Inés de la Cruz está considerada una de las figuras más importantes del Siglo de Oro | Shutterstock

Esa parcialidad adoptada a la hora de rescatar y estudiar la historia literaria de España impide que nombres como el de Ana Caro de Mallén o el de María de Zayas, ambas nacidas a finales del siglo XVI, estén a la altura de sus compañeros varones. La primera escribió, estrenó y vivió del mundo teatral a comienzos del siglo XVII, época en la que recibió encargos oficiales y sustanciosos pagos por su talento. Su nombre, sin embargo, es desconocido.

Sucede lo mismo con María de Zayas, a quien Lope de Vega se refirió como un genio “raro y único” por la obra La traición en la amistad. Lope es Lope, uno de los grandes dramaturgos de la historia. María de Zayas otra desconocida, por mucho que sorprendiera al Fénix de los Ingenios. Para más inri, apenas se conservan algunas de sus obras.

También la hija del gran escritor es una desconocida. Se trata de sor Marcela de San Félix, la única de sus descendientes que heredó el talento del padre. Una gran parte de su producción fue destruida. Al otro lado del océano, en México, sor Juana Inés de la Cruz dejó un conjunto de obras que nada tiene que envidiar a las producidas por Francisco de Quevedo, contemporáneo de estas mujeres y firme opositor al papel de la mujer en el mundo literario. La hermana, sin embargo, no aparece en todos los libros de historia.

Durante los siglos XVIII y XIX las mujeres dramaturgas se dedicaron al teatro, en su mayor parte, por gusto. Pocas lograron convertirlo en una profesión, a pesar de que empeñaban las mismas funciones que sus compañeros. Traducían obras extranjeras y asistían a las tertulias literarias, como es el caso de María Rita de Barrenechea, que fue una de las figuras más activas durante la Ilustración. Por supuesto, escribían, y cuando podían estrenaban. María Rosa Gálvez llenó sus obras, tragedias y comedias, de personajes femeninos en los que volcó sus inquietudes y sus problemas. También Isabel María Morón estrenó en aquellos años. Su obra Buen amante y buen amigo, muy aplaudida, se estrenó en el Coliseo de la Cruz un 7 de enero de 1793. Sus nombres, en cualquier caso, están olvidados.

Los críticos y los cronistas de la época no prestaron la misma atención a la actividad teatral que nacía del talento femenino. No existió la misma voluntad para documentar sus carreras. Para valorar unas obras que todavía cargaban con el estigma absurdo de haber sido escritas por mujeres. Siempre que, claro está, se atrevieran a firmarlas.

¿Dónde están ahora las dramaturgas?

Teatro Fernando Fernan Gómez, actualmente dirigido por Laila Ripoll

Teatro Fernando Fernan Gómez, actualmente dirigido por Laila Ripoll | Shutterstock

Las dramaturgas, sobre todo desde finales del siglo pasado, están ahora estrenando en los escenarios de Madrid. Desde que nombres como Ana Diosdado, o la propia María de la O, se convirtieron en referentes para generaciones futuras, las dramaturgas están escribiendo, dirigiendo y estrenando. Lo están haciendo porque, por fin, han tenido ejemplos que han demostrado que se podía y que se puede. Que había una apertura y una oportunidad. Así que están viviendo lo que Laila Ripoll, directora del Fernando Fernán Gómez, dramaturga, actriz y Premio Nacional de Literatura Dramática, llama el Siglo de Oro del teatro escrito y dirigido por mujeres.

También celebra este momento Itziar Pascual, dramaturga, profesora, primera directora de la asociación Marías Guerreras, que lucha por las Mujeres de las Artes Escénicas en Madrid, Premio Nacional de Artes Escénicas para la Infancia y la Juventud. Pero recuerda que queda trabajo por hacer. Hasta 2003, ninguna autora española viva había estrenado una obra propia en el Centro Dramático Nacional. Fueron ellas dos, Laila Ripoll con Los niños perdidos en la sala grande del María Guerrero e Itziar Pascual en la sala de la Princesa con Pared, las primeras en hacerlo. Eso sí, por un problema técnico. Fueron las alternativas, no la primera opción.

Poco a poco, las mujeres dramaturgas se convierten en esta primera opción cuando así debe ser. Se igualan a sus compañeros, escriben, dirigen y estrenan. Rescatan los lugares que históricamente les corresponden por talento, por producción y por esfuerzo. Pero queda trabajo por hacer, como dice Itziar Pascual. Deben cambiar los ojos con los que se evalúa la historia, los libros que estudian los adolescentes en los institutos y esa sensación de que las oportunidades, para las mujeres, todavía llegan solo a medias.

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