No se hace necesario ahondar en los detalles que caracterizaron al Madrid de los años cuarenta, cincuenta y sesenta. Todos esbozamos con claridad un escenario que puede definirse como la guerra tras la guerra. La Guerra Civil había concluido, pero millones de personas siguieron luchando. Contra el hambre, contra el frío, contra la pérdida. Contra la ausencia de una vivienda, la inseguridad, la falta de oportunidades y libertad, el mercado negro y sus abusos. Esta ciudad de mediados del siglo XX, este país de mediados del siglo XX, se parecía mucho al esperpento de Valle-Inclán, ya fallecido, y se había llevado por delante a Federico García Lorca.

El teatro atravesaba un momento extremadamente delicado. Los grandes dramaturgos que habían protagonizado el comienzo de siglo estaban desaparecidos. Los madrileños preferían asistir a una sesión de cine, económicamente más accesible, que a una representación teatral que sonaba a engaño. En aquellos años, se apostó por rescatar las obras de los grandes clásicos, que nunca perderán vigencia pero que no terminaban de llenar a los espectadores. También se apostó por comedias triviales, que no arrancaban carcajadas a ese público desolado que estaba viviendo una guerra tras la guerra. Existía también un teatro de propaganda del régimen, que solo interesaba a quien interesaba.

Este es el escenario en el que empieza nuestra historia, en una ciudad triste y callada. Una historia que cambió con una larga etapa en la cárcel, una decisión del Ayuntamiento de Madrid y un hombre que se atrevió a alzar la voz. Porque el público necesitaba escapar de la realidad, o que alguien se atreviera a ponerle nombre a las cosas. Entre líneas, claro. Ese hombre, ese alguien, ese valiente de la escritura entre líneas, fue Antonio Buero Vallejo.

7 años en la cárcel, un retrato de Miguel Hernández y el camino del dramaturgo

La Calle San Sebastian en el siglo XIX

La Calle San Sebastián a principios del siglo XX | Urbanity.es

Antonio Buero Vallejo nació en Guadalajara un 29 de septiembre de 1916. Pasó casi toda su infancia en la comarca de La Alcarria. Con la excepción de dos años en los que vivió en Larache, una ciudad portuaria de Marruecos. Su padre, militar gaditano, estuvo destinado en el lugar entre 1927 y 1928. Por la gran biblioteca de su progenitor comenzó su afición por la lectura, y también de su mano disfrutó de sus primeras obras de teatro. Aunque su pasión y su talento creativo estuvo orientado, en sus primeros años, a la pintura. En 1934, la familia se trasladó a Madrid. Entonces, un Antonio de 18 años ingresó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, combinando en la capital todas sus aficiones: pintura, lectura y teatro. El estallido de la Guerra Civil lo truncó todo.

Por sus inclinaciones políticas, no pasaría mucho tiempo antes de ser detenido, encarcelado y sentenciado a muerte. Estuvimos muy cerca de perderlo todo, pero su pena se conmutó y finalmente fue condenado a treinta años de prisión. Desde 1939, hay constancia de que pasó un año y medio en la cárcel de Conde de Toreno, apenas dos meses en la de Yeserías, unos tres años en El Dueso y uno más en la prisión de Santa Rita. No pisó el exterior hasta 1946, y tuvo suerte de hacerlo. Pero cuando lo hizo, descubrió que había sido desterrado de la ciudad de Madrid.

En todo este tiempo, perdió el pulso y la costumbre de dibujar. Su mano no respondía como una vez hizo y Buero Vallejo tuvo que renunciar a este sueño que podría haber sido una realidad, un futuro profesional. Muestra de ello nos queda el famoso retrato que realizó, durante el periodo que pasó en la prisión madrileña de Conde de Toreno, de Miguel Hernández, poeta, dramaturgo y amigo. Este tiempo también significó el comienzo de su obra dramática. Buero obtuvo de su experiencia personal en las cárceles españolas aspectos, conceptos e ideas que posteriormente plasmaría en sus obras. Sobre todo, lo que hizo fue decantarse por este camino: la escritura.

La decisión del Ayuntamiento de Madrid y el éxito infinito

Estatua de Buero Vallejo frente al centro cultural de Alcorcón que lleva su nombre

Estatua de Buero Vallejo frente al centro cultural de Alcorcón que lleva su nombre | Concepcion AMAT ORTA, Wikipedia

Desde 1932, el Ayuntamiento de Madrid concede cada año el Premio Lope de Vega, un galardón que busca ensalzar, a través de una convocatoria, el mejor texto dramático. Quizá sorprenda saber que este reconocimiento recayó en 1949, en plena posguerra, en plena censura, en Antonio Buero Vallejo, comunista reconocido, ex-presidario, valiente escritor entre líneas. Antonio Buero Vallejo ganó el Premio Lope de Vega con su obra más aplaudida, Historia de una escalera. Cambió con ello la historia del teatro español. Se estrenó el 14 de octubre de ese mismo año en el Teatro Español, logrando un éxito que lo acompañaría hasta el 29 de abril del año 2000, fecha de su fallecimiento. Antonio Buero Vallejo consiguió hacer lo que nadie más pudo hacer.

Su teatro fue un teatro social. Tenía como epicentro la tragedia del individuo en esa triste ciudad de Madrid que se condenó a vivir en silencio. Inteligente, preciso y valiente, Buero Vallejo se comprometió con sus vecinos y apostó por retratar en sus obras los pesares que todos compartían, los conflictos que todos estaban viviendo. El público lo recibió con alivio, lo vivió con dedicación y lo compartió como se compartían entonces las cosas: con cuidado, y entre líneas. Aunque Buero escribió vadeando los obstáculos, no se libró de la censura. Aventura en lo gris, escrita en 1949, cuyo estreno estaba previsto para 1953, fue tirada de la programación.

Aun con todo, en la década de los años cincuenta estrenó siete obras, como La tejedora de sueños o Un soñador para el pueblo. Su pluma, además, llegó al extranjero. En los años sesenta volvió a llevar al escenarios éxitos propios, como Las Meninas o El tragaluz, en la que hay referencias directas a la Guerra Civil. Corría el año 1967, y la ciudad gritaba cada vez con más fuerza, dejando atrás, poco a poco, la oscuridad de los primeros años de la posguerra.

La importancia de Buero Vallejo no puede entenderse al margen de este contexto, aunque su talento se extendió en el tiempo, también cuando ya no hizo falta sortear censuras. Pero sus primeras obras, de una calidad indudable, fueron importantes porque fueron más que un entretenimiento, más que un arte: fueron la voz de un pueblo. Antonio Buero Vallejo se convirtió en la voz de la ciudad de Madrid en un momento en que alzarla podía significar el fin. Pero para este autor el peligro no estaba en hablar: el peligro estaba en callar, en dormirse, en olvidar. Así que no lo hizo, y consiguió que su público tampoco lo hiciera. Así cambió la historia del teatro español.

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