La Nave Va es un sitio para empezar. Así lo resume Pepe Pisa, su impulsor. En el interior de Extremadura, entre Berrocalejo y El Gordo, se encuentra este oasis que se ha alzado como un lugar de encuentro para quienes aprecian, entienden y reinterpretan lo rural. Por eso allí se han unido, en torno a la mesa, un grupo de personas relacionadas con el mundo ovino que tienen una misión común: celebrar a la oveja merina.

Celebrando la oveja merina en La Nave Va

Celebrando la oveja merina en La Nave Va

Son comensales muy distintos, que difícilmente se habrían juntado en otro entorno. Pepe es el anfitrión. Le acompaña Daniel Valverde, cuya visión culinaria se ha centrado en dignificar la oveja machorra, una merina que siempre ha estado asociada a lo festivo. Junto a él come otro artista, Che Marchesi, cuya obra está íntimamente relacionada con el mundo animal. Muy distinto prisma presenta Antonio Granero, secretario ejecutivo de la Asociación Nacional de Criadores de Ganado Merino. Finalmente, quedan otras dos miradas que son las que más en contacto están con los animales: los pastores Silverio y Miguel Muñoz.

Pepe señala a sus compañeros que una cuestión primordial es recuperar la cultura de campo. Allí es donde se va el primer foco de esta celebración, al terreno de Silverio y su hijo Miguel. Ambos han luchado siempre por vivir de la tierra, fuera o no su elección. Para cocinar una oveja hay que criarla. También para hacer arte con ella. Para venderla ídem. Por eso para empezar hay que saber lo que opinan los pastores.

Quedarse en el pueblo

Silverio Muñoz rodeado de ovejas merinas

Silverio Muñoz rodeado de ovejas merinas

“Yo no me he ido del pueblo”, cuenta Silverio, entregado al campo desde hace más de cincuenta años. “Nunca me ha mandado nadie. Siempre he vivido mi vida. He trabajado de noche y de día, pero para mí”, explica. Lo suyo fue una obligación, no una decisión consciente. Nació y creció en esta Extremadura de mil colores, en una familia ganadera de cuyo trabajo se terminó haciendo cargo.

Lo de su hijo, Miguel, fue un caso diferente. “Yo decidí quedarme”, asegura. Señala las bondades de vivir en este entorno rural, “se vive tranquilo”, pero el escenario no es solo el idilio que en los últimos tiempos se ha querido vender. Lo bohemio, lo espiritual, no tiene demasiada cabida en la realidad diaria de quienes viven en lugares como Berrocalejo. “En un pueblo de menos de 200 habitantes es muy complicado vivir. Necesitas edad, mentalidad y un trabajo ligado a la tierra”, explica Miguel. Tiene también claro lo que sucede cuando se deja de lado esa tierra: “el pueblo empieza a morirse cuando se muere la agricultura y la ganadería”.

Aunque “todo el que viene se enamora”, como dice Silverio, no todo el que llega se queda. Muchos se han marchado y otros tantos de los que se han quedado no quieren tener que ver con el trabajo del campo. Una labor que, en general, está olvidada por ignorancia, dejadez o desentendimiento. Pero la vida en el pueblo, en el campo, tiene que continuar, pues es uno de los motores de este país. Por eso no hay que dejar de dignificarlo, de entender su carácter antiguo sin obviar que, como todo, evoluciona. Las cosas han cambiado y algunas se han vuelto más fáciles. Otras no cambian y la oveja se sigue trabajando de lunes a domingo.

La vida del ganadero

Miguel Muñoz siempre supo que quería dedicarse a ello

Miguel Muñoz siempre supo que quería dedicarse a ello

Silverio ha vivido cincuenta inviernos y cincuenta veranos cuidando ovejas, campo y pueblo. “Siempre hemos estado aquí, primero yo con mi padre y ahora él”, explica, refiriéndose a su hijo. Preguntado sobre cómo es la vida del ganadero responde: “Un día tras de otro. Sábado, domingo, lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y vuelves otra vez. El ganado no tiene descanso”.

Esa es la vida del ganadero, que puede vivir en un entorno privilegiado que, en cualquier caso, se ve diferente en los ojos del viajero que en los ojos del habitante. “Todo el que diga que esto es muy bonito… No, no es tan bonito. Hay que pasar muchos ratos malos”, explica un amante de su pueblo y de su tierra que ha sufrido, sin embargo, todas sus dificultades.

Cuando sale al campo, con esa oveja merina que se trata de recuperar, se observa en sus gestos y en sus pasos un conocimiento y una costumbre, un lugar corriente, un oficio de toda una vida. Sabe lo que hace y ese buen hacer lo ha heredado su hijo. “En nuestra casa tenemos ovejas desde hace 51 años”, comenta Miguel. Lo que significa que siente que lleva dedicándose a esas ovejas desde antes de nacer.

El animal que esculpe el paisaje

La oveja es el animal que mejor esculpe el paisaje

La oveja es el animal que mejor esculpe el paisaje

“La oveja es una pieza básica de la agricultura”, comienza Miguel cuando se le pregunta por su valor. Resume sus características fundamentales con sencillez: tiene un ciclo muy corto, los resultados de su producción se tienen en pocos meses y es poco exigente en cuanto a recursos. La conclusión definitiva nace en relación con el entorno, ya que el pastor señala que “la oveja es el animal que mejor esculpe el paisaje”.

De vuelta a la mesa todos coinciden con la aseveración de Miguel. Extremadura se lleva bien con este ganado. Porque la oveja es un imprescindible cuando se piensa en el campo y desde luego lo es cuando se trabaja en él. Por eso debe cuidarse este oficio olvidado, casi abandonado, del que Miguel tiene también una opinión muy clara: “hay que intentar volver a los orígenes”. En la lana de la oveja merina estuvo el origen de todo, de un imperio. Pero el presente posee más variables, inesperadas, actuales, sofisticadas. El resto de los comensales tienen todavía que mostrar los ases que guardan en la manga.