Impresiona el castillo de Atienza, todavía hoy en día, desde la distancia. Situado en lo alto de un promontorio rocoso de difícil acceso, vigila desde hace siglos este rincón de la serranía de Guadalajara. Su sobriedad facilita imaginar a Abu Amir Muhammad ben Abi Amir al-Maafirí​​, más tarde conocido como Almanzor, sintiéndose vulnerable, atrapado entre sus paredes de piedra. No fueron muchas las ocasiones en las que experimentó esta debilidad a lo largo de su vida. Pero cuando su propio suegro se abalanzó sobre él, alfanje en mano, lo único que pudo hacer Almanzor fue esquivar el ataque y huir.

Dos caminos paralelos

Vista aérea del castillo de Atienza

Vista aérea del castillo de Atienza | Shutterstock

El castillo de Atienza fue, durante los últimos compases del siglo X, una de las grandes fortalezas de poder y resistencia de los musulmanes. Sería conquistada más adelante por los cristianos, pero pasarían años hasta entonces. Cuando Almanzor tuvo que huir de los ataques de su suegro era este, Gálib Abu Tammam Al-Násiri, quien gobernaba en el lugar.

El general Gálib era uno de los hombres más respetados del Califato de Córdoba. Expandió sus fronteras y también las defendió. En el norte, frente a los reinos cristianos, llevado por una fe inquebrantable. En el sur, frente a las fuerzas califales de la dinastía fatimí de África, llevado por la lealtad al Califato. En el este apretaban los normandos y Gálib, guerrero y bravo como era, también defendió las costas.

En el momento en que Gálib recibió su primer nombramiento importante al frente de fuerzas militares, con cuarenta y dos años, Almanzor no tenía más que tres. Sin embargo, el ascenso de este último en la corte califal fue rápido. Para finales de febrero del 967, ya era intendente del príncipe Abderramán, heredero del califa Alhakén II. Su espíritu fiero, ambicioso y carente de escrúpulos le llevó a hacerse un nombre dentro del Califato. Así terminó uniendo su destino al de Gálib.

Una relación obligada

El castillo de Atienza está situado en lo alto de un promontorio

El castillo de Atienza está situado en lo alto de un promontorio | Shutterstock

La relación entre ambos nunca fue más allá de la cordialidad obligada y del entendimiento fruto de una misma ambición: ampliar el imperio y su propio poder personal. De hecho, desde un inicio estuvo marcada por la desconfianza y la sospecha de quien veía en el otro un rival. Pero Gálib entregó la mano de su hija Asma a Almanzor, en parte presionado por la corte y también porque él mismo entendió pronto, aunque sin abandonar el recelo, la figura histórica en la que terminaría convirtiéndose, el poder que terminaría atesorando. Así que emprendieron juntos campañas militares de gran importancia. Ambos fueron nombrados, tras una victoria, chambelanes del califato, ministro principales de éste.

Almanzor, con este título, permaneció en Córdoba. Gálib marchó al norte y ocupó grandes fortalezas como este castillo de Atienza que fue testigo del principio del fin. El general rondaba ya los ochenta años cuando empezó a rumiar el cisma definitivo entre suegro y yerno. Cuentan las crónicas que su desconfianza hacia Almanzor fue acrecentándose con el paso del tiempo, llegando a su punto álgido aquella primavera del año 980.

La ira y la trampa de Gálib

Así luce hoy la torre del castillo de Atienza

Así luce hoy la torre del castillo de Atienza | Shutterstock

El general Gálib, ya un anciano, invitó a Almanzor a un banquete en ese imponente castillo de Atienza. Con su doble línea de muralla y una única entrada a la construcción, debió sentirse seguro en su fortaleza. Almanzor, por su parte, no esperaba que ese recelo de su suegro se hubiera convertido en una amenaza real para su vida. Seguramente entró en sus salones altivo como solía moverse, sin sospechar la trampa en la que estaba cayendo.

La bebida corrió durante ese banquete y todas las declaraciones de Almanzor fueron vistas como un insulto por el general, que estaba más que predispuesto a tomárselas como tal. Finalmente sucumbió a la ira que llevaba años desarrollando y tras una discusión, en la que acusó a Almanzor de traidor y conspirador, sacó el alfanje que siempre llevaba consigo y atacó a su yerno.

Almanzor solo salvó su vida porque Gálib no acertó con el primer embiste. La mano del cadí de Atienza desvió el arma, cuentan las crónicas, lo suficiente para que Almanzor pudiera librarse de un apuñalamiento que hubiera sido mortal. El joven chambelán debió sentirse, entonces, confundido y asustado. Aunque la escalada de desconfianza entre ambos había sido evidente, arrebatar la vida del otro era un asunto mayor.

En esa fortaleza de una única entrada y doble muralla, Almanzor no tuvo más remedio que huir lanzándose al vacío por uno de los ventanales del castillo. Un saliente de la muralla protegió su caída. Gravemente herido, pero a salvo de su atacante, se reunió con sus tropas, que esperaban por él en las proximidades del castillo. Gálib no lo supo entonces, pero fue este el principio de su fin.

Así terminó la historia

Atienza es uno de los pueblos más interesantes de Guadalajara

Atienza es uno de los pueblos más interesantes de Guadalajara | Shutterstock

Cuando Almanzor se recuperó de sus heridas, no había vuelta atrás en la hostilidad forjada con su suegro. Dejando atrás el castillo de Atienza, testigo de esa ruptura imposible de recomponer, Almanzor asaltó Medinaceli, el fortín de Gálib. A partir de entonces, las acometidas se sucedieron y un año después se vieron las caras en la definitiva batalla de Torrevicente. Mucho se ha hablado de esta batalla en la que las tropas de Gálib vencían sin contestación. Cuentan que fue la providencia divina la que decidió el destino de ambos después de que Gálib implorara al cielo el fin de la vida de uno de ellos. La de aquel que menos podía aportar al Califato al que servían.

Gálib fue hallado muerto junto a su caballo. Seguramente, su anciano cuerpo no pudo soportar las exigencias de tan duro enfrentamiento. Sus tropas huyeron, pero la mayoría de quienes lo habían seguido no tardaron en unirse a Almanzor, a quien todavía le quedarían dos décadas de conquistas. El mismo castillo de Atienza que había estado a punto de presenciar su muerte pasó entonces a sus manos y fue, desde entonces, el chambelán único del califato. Así sería hasta el último de sus días. Falleció, precisamente, en el bastión de Gálib: Medinaceli. Pero esta historia, la historia de su vida, quedará recogida en el siguiente episodio.