Los primeros años de Jaime I, el Conquistador, al frente del Reino de Aragón no fueron fáciles. El rey al que educaron los templarios tuvo que hacer frente a la desconfianza de los nobles aragoneses y los nobles catalanes. Entre las diferentes familias y también hacia el joven que se convirtió en rey cuando no había cumplido cinco años. Jaime I abordó también la pérdida de prestigio que siguió al reinado de Pedro II, su padre, así como las dificultades económicas que sufría el reino y el descontento generalizado provocado por todo lo anterior. El año en que cumplió veinte años, cuando ya no precisaba de ninguna regencia que gobernase en su nombre, Jaime I decidió que, para atajar todo lo anterior, continuaría el espíritu conquistador que había caracterizado a sus antepasados. Siempre con los templarios a su lado, Jaime I no miró hacia el sur: miró hacia el este.

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La conquista de la isla

Podemos señalar dos hechos fundamentales como inicio de esta conquista. En primer lugar, una velada en el hogar de un noble catalán, momento en el que Jaime I pareció convencerse de que Mallorca, en manos musulmanas, debía ser conquistada. Hacía mucho tiempo que los templarios la tenían en su punto de mira; de hecho, hay registros históricos que sitúan ese punto de mira en los años cercanos a la fundación de la Orden. Esta conquista no se hubiera llevado a cabo sin el apoyo de ésta, que ya gozaba de una presencia consolidada en la Península.

El reino musulmán se había asentado en el siglo X en el archipiélago balear, que era conocido en el Mediterráneo por estar relacionado con actividades piratas que causaban estragos. Fueron estas actividades en el mar las que provocaron el segundo hecho significativo que precipita la historia: dos barcos del Reino de Aragón fueron secuestrados por los mallorquines. Este fue el detonante definitivo.

Mar de Mallorca

Las aguas de Mallorca fueron un lugar peligroso en el siglo XIII, por la constante actividad de los piratas | Shutterstock

En diciembre de 1228, en una reunión celebrada en Barcelona, se decidió que la Corona de Aragón se lanzaría a la conquista. En ésta participarían caballeros aragoneses, pero estaría financiada y ejecutada principalmente por catalanes. Con la ayuda de las órdenes religiosas cercanas a la Corona, en septiembre de 1229 partió de la costa catalana una flota cristiana compuesta por 150 barcos. Llegar a la isla no fue fácil, pues se vieron acosados por una gran tormenta que desvió su trayectoria hasta Santa Ponça, donde desembarcaron casi cinco días después.

“Encontramos un lugar que tenía por nombre Santa Ponsa y decidimos que era un buen sitio para atracar. El domingo a mediodía un sarraceno llamado Alí, de La Palomera, vino nadando hasta nosotros, y nos dio noticias de la isla, de la ciudad y del Rey”, contó el propio Jaime, a modo de cronista, en el conocido como Llibre dels feits. En efecto, la intervención de Ibn ‘Abbad o Benhabet, musulmán que dio la espalda a su reino por estar en malos términos con éste, resulta fundamental para comprender los éxitos cristianos. Ali de la Palomera proporcionó información fundamental sobre los ejércitos musulmanes, sus posiciones y sus estrategias. La primera batalla se libró al poco de desembarcar, y fue también la primera victoria cristiana.

El enfrentamiento armado más importante fue la conocida como Batalla de Porpotí, que se libró a medio camino entre el lugar del desembarco y la por entonces llamada Madîna Mayûrqa, la capital de la isla. Tardaron casi tres meses en llegar hasta lo que hoy es Palma de Mallorca, y Jaime I perdió por el camino a varios de sus hombres más importantes, pero conquistó una victoria tras otra, debilitó al ejército enemigo y para cuando sitió la capital, en diciembre de 1229, no había ninguna duda de cuál sería el bando vencedor.

Catedral de Palma de Mallorca

Catedral de Palma de Mallorca, cuya construcción inició Jaime I | Shutterstock

La paz no llega con la conquista

El 31 de diciembre de 1229 se hizo efectiva la conquista de la capital. Los meses que sucedieron a este hecho, sin embargo, no fueron meses sencillos para el ejército de Jaime I, tampoco para el mismo rey. Las tropas que habían participado en el asedio iniciaron un saqueo de la ciudad al que no se puso fin definitivo hasta abril de 1230. Por entonces, repartirse la ciudad ya parecía una tarea complicada. Jaime I intentó, no obstante, que los grandes nombres que habían participado en la conquista recibiera la parte acordada. Uno de los objetivos del rey era, precisamente, lograr un beneficio para todos. Finalmente, dividió la isla en ocho partes. La Orden del Temple recibió la mayor parte de los territorios de Alcudia y Pollença, donde se asentaron.

Pero los casi 20.000 hombres que desembarcaron en Mallorca no se enfrentaron a la muerte solo en el campo de batalla: también lo hicieron después. Los estudios apuntan que fueron, precisamente, 20.000 musulmanes los que fallecieron en ese asedio a Madîna Mayûrqa; el propio Jaime I hablaba de 25.000 muertos. El ejército cristiano, más preocupado por disfrutar de la victoria que por consolidar su presencia en la zona, se olvidó de los miles de cadáveres abandonados en la ciudad. Esto provocó una epidemia de peste que diezmó a las tropas cristianas, y facilitó que muchos musulmanes se refugiasen en la Serra de Tramuntana. La resistencia de éstos últimos duró hasta 1232.

Fue la población catalana la que repobló, en su mayoría, la isla. Alrededor de ésta, continuó la lucha unos cuantos años más. En 1231, Menorca aceptó a Jaime I como rey, con la condición de que se permitiera a sus pobladores continuar siendo musulmanes; su conquista definitiva se hizo efectiva cincuenta años más tarde, con Alfonso III de Aragón. Tanto Ibiza como Formentera quedaron bajo el dominio del Reino de Aragón en 1235. La Corona llegó tan lejos como un día soñó Alfonso I.

Monte de El Calvario en Pollença, Mallorca

Monte de El Calvario en Pollença, Mallorca, lugar donde se asentaron los templarios | Shutterstock

La ambición de Jaime I

Pero Jaime I no se detuvo aquí. Su mirada seguía puesta en el Levante, en la tierra que Aragón había intentado, tantas veces antes, dominar. Valencia sería su próximo objetivo, y también su última gran lucha al lado de la Orden del Temple, de quien nunca tomó distancia. De hecho, los valores religiosos y espirituales de los caballeros que lo educaron fueron siempre un pilar básico en todas las acciones que emprendió el Conquistador.

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