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El Capricho de Gaudí, la casa que nunca fue

El Capricho de Gaudí

Como sabrá el lector, la mayoría de las construcciones del célebre arquitecto Antonio Gaudí tuvieron su sede, si no en Barcelona, en algún otro lugar de Cataluña. Solo hubo tres que el artista cinceló en las afueras de su hogar: el Palacio Episcopal de Astorga, la Casa Botines y la Villa Máximo Díaz de Quijano, más conocida como El Capricho de Gaudí. De estos tres edificios, el Capricho fue el más temprano. De hecho, entonces el arquitecto apenas tenía 31 años y hacía cinco que se había licenciado.

La historia de una obra de arte que solo fue casa una semana

El Capricho de Gaudí se construyó entre 1883 y 1885. Su ubicación, el municipio cántabro de Comillas, no es casual. En dicho siglo, esta villa se convirtió en un lugar habitual de veraneo de las familias de la aristocracia, así como del propio rey Alfonso XII. Máximo Díaz de Quijano, concuñado del marqués de Comillas, era entonces un indiano que preparaba su vuelta a España. Una familiar suya, Isabel López i Bru, que se había casado con el mecenas de Antonio Gaudí, Eusebi Güell, fue quien puso en contacto al indiano con el arquitecto.

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Panorámica de El Capricho de Gaudí. | Shutterstock

Pero Gaudí, que entonces se encontraba inmerso en la construcción de la Casa Vicens, delegó la dirección de las obras en su compañero Cristóbal Cascante. Para ello, este último se basó en maquetas y planos del artista catalán. Sin embargo, el indiano apenas pudo disfrutar de su capricho una semana, los días que tardó en fallecer después de  su regreso a España.

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El edificio pasó entonces a manos de la hermana de Máximo Díaz de Quijano, cuyo hijo llevó a cabo una serie de reformas. Tras la Guerra Civil, la casa sufrió el abandono. El edificio se vendió en 1977 y pasó por la mano de varios propietarios, convertido en restaurante. Finalmente, en 2010 se musealizó y abrió sus puertas al público.

El exterior de El Capricho de Gaudí, un reflejo de la personalidad de su propietario

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Fachada de El Capricho de Gaudí. | Shutterstock

Gaudí, en esta primera obras de grandes dimensiones, consiguió adaptarse con gran virtuosismo a los requerimientos del propietario. Máximo Díaz de Quijano era aficionado a la música y a la botánica y desempeñaba los oficios de abogado escritor y periodista, y quería que todas estas aficiones quedaran impresas en su nueva casa. Casa que, además, estaba destinada a presentar un aspecto ostentoso, para demostrar su riqueza ante sus vecinos. Gaudí, tan dado a conjuntar la funcionalidad con la estética, cumplió con todas las peticiones.

Lo primero que llama la atención de El Capricho de Gaudí es, obviamente, su fachada. El exterior del edificio se compone de sillares de piedra en la parte baja y ladrillo visto con cerámica vidriada en el resto, alternando tonos verdes y motivos de girasoles. Toda esta mezcla de materiales es la que le da esa gama de colores tan característica al edificio.

Además, la personalidad del contratante queda perfectamente reflejada en los detalles del inmueble. Así, las cenefas del exterior recrean un pentagrama, las barandillas de hierro de la parte superior representan claves de sol y en las vidrieras del baño el visitante puede ver las formas de un pájaro tocando un piano o una abeja tocando una guitarra. A ello se le suma el sonido que hacen las ventanas de guillotina de la planta principal del edificio, que usan campanas como contrapeso. Se trata de barras macizas de hierro que, al chocar, cuando la ventana se abre o se cierra, producen un sonido.

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Por supuesto, no puede hablarse del exterior de El Capricho de Gaudí sin hablar de la torre que lo corona. Hablamos de una torre inspirada en los alminares persas que se erige sobre un templete formado por cuatro columnas de piedra. Asimismo, desde fuera también destacan otros elementos como los originales balcones, cuya barandilla de hierro sirve de banco. Esta es la parte más visible de la Villa Máximo Díaz de Quijano, pero no la única, pues la fachada sur se dedicó a las estancias más privadas, como los dormitorios o el invernadero.

El interior de El Capricho de Gaudí: el invernadero como corazón de la residencia

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Interior de El Capricho de Gaudí. | Shutterstock

La casa, en su interior, está diseñada para ser una residencia vacacional. Cuenta con tres plantas: semisótano, planta principal y planta superior. En el semisótano, que en el pasado  albergaba la cochera, la cocina, y las zonas de almacenaje, se ubican ahora las zonas de servicio dirigida a los visitantes: la tienda, la zona de exposiciones, y los baños.

Por su parte, en la planta principal destacan el recibidor, el cuarto de baño, el salón principal y el citado invernadero. Es esencial detenerse para contemplar las vidrieras con motivos geométricos y ornamentales. El salón principal cuenta con una doble altura. Es muy luminoso, y probablemente estaba destinado a tener una cubierta acristalada. A sus lados se encuentran el citado recibidor y el estudio o despacho.

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Corredor dispuesto en torno al invernadero de El Capricho de Gaudí. | Shutterstock

Todas estas salas de la planta principal se distribuyen en torno al que podríamos decir que es el corazón de la casa: el invernadero, adaptado a la perfección a la disposición en forma de U de la residencia. Luego, además de ser un lugar orientado a las aficiones de su propietario, Gaudí consiguió que el invernadero funcionara también como regulador térmico para el resto de la casa. Es decir, el invernadero se dedica a acumular el calor durante las horas de luz para después irradiarlas al resto de las habitaciones al anochecer.

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Por último, en la planta superior está el desván. En él se encuentran las habitaciones que se destinaron al servicio. Junto con el invernadero, actúa como regulador de la temperatura, pues separa la planta principal de las temperaturas del exterior.