pancreas teatro

Hasta el siglo XIX el teatro en verso escrito en España ofreció al mundo algunas de las tragicomedias más populares. En el siglo XXI Patxo Tellería ha redactado un extraordinario texto de teatro en verso que, partiendo de un supuesto asunto trágico, se transforma en una hilarante sucesión de sorpresas. Tan original obra evidencia haber bebido de las grandes tragicomedias hispanas, pero ha evolucionado en una pieza de divertimento moderna, incluso radicalmente innovadora. Una creación tan especial como Páncreas merece inaugurar un nuevo género que yo bautizo como «Tragirisa» o «Comidrama» (elija usted). En Pancreas la tragedia es una excusa e incluso resulta falsa; no se trata de mover el espectador sucesivamente del «frío» (el disgusto) al «calor» (la risa) para provocar emociones encontradas: tensionándolo y relajándolo a lo largo de la función. El objetivo del Comidrama es otro: engañar y sorprender con las sucesivas “emboscadas” que va destilando la trama. Desde un hilo conductor claro, empleando muy pocos —pero poderosos y multifacéticos personajes— el autor confiere equilibrio en tiempo y relevancia a los tres actores; obligando al público a mutar la atención de uno a otro según va cambiando el foco con los continuados golpes de efecto que protagonizan. El verso requiere de toda la atención del espectador (y de actores muy buenos para vocalizar excelentemente) y el equilibrio de protagonistas hace estar mirando de reojillo a los actores desplazados del que habla en ese momento, pues de allí posiblemente venga la próxima emboscada de Tellería para hacernos reír. Misión imposible sin un insólita calidad literaria; tan excelentes han resultado sus versos que Páncreas ha conseguido triunfar incluso con sus versiones en idiomas tan minoritarios como el vascuence y el esloveno; un indicador de que estamos ante una obra maestra que el tiempo y los distintos públicos irán consagrando.

En esta ocasión voy a evitarle al lector un adelanto sobre el argumento; dado que la sorpresa es su principal virtud, mal servicio le haría. Solo mencionar alguna pista para incrementar la intriga. El autor eligió el páncreas como órgano para titular la obra; pero de cualquier otro modo pudo también haber sido ser nombrada. La multiplicidad de claves con que el escritor juega con los espectadores pudiera haber dado lugar a otros títulos. Yo diría que es casi un “título de despiste”, una treta más de Tellería para jugar con el público. La singularidad de la obra se puede percibir en el completo dominio que ejerce el autor sobre los espectadores desde el mismo momento en que se sienta en la butaca. Una función que puede resumirse en una sucesión de golpes de efecto, con los que Patxo se ceba sin tregua sobre los espectadores.

El día del estreno, tal era la satisfacción del público que aprovechó la interpretación de una canción por los intérpretes para interrumpir la función con un prolongado aplauso. La gente no podía —mejor dicho, no podíamos— aguantarnos. Llevábamos demasiado tiempo sonriéndonos en los asientos, agitados, con algunas carcajadas cada vez más sonoras.

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Tan magnífico texto ha contado con una dirección a su altura. La dirección de los intérpretes de Juan Carlos Rubio es excelente. Los guiños al público con los cambios de iluminación indicados por los intérpretes, la colocación y deambulación de los actores por el escenario… están magníficamente planteados. El reparto culmina la excelente dirección de Rubio con unas interpretaciones extraordinarias. Resulta difícil destacar uno sobre los demás. Dado que por alguno hay que empezar, dejar constancia del regreso triunfal de Santiago Ramos al teatro madrileño; su presencia en la escena resulta imponente, solo al alcance de un maestro de la escena. Ya estoy deseando volverle a ver (igual repito con mis hijos con esta obra, óptima para la Navidad). No muy distintos deberían ser los calificativos de las interpretaciones de Fernando Cayo y Alfonso Lara; también extraordinarios, convincentes, dominadores de la gestualidad. Las escenas inicial y final, deliberadamente corales, solemnes, cargadas de significado, resumen la intercambiabilidad de las interpretaciones de los personajes. Estoy convencido que cualquiera de los tres hubiera resuelto con muy parecida soltura los demás papeles. Incluso me gustaría ver a esos actorazos cambiarse los papeles.

Voy acabando, en mis tiempos de consultor mis formadores de negociación y comunicación me explicaron que la asimilación de estímulos del cerebro se divide a grosso modo entre un 10% de neuronas asociadas a la comprensión textual, un 30% de neuronas dedicadas al tono de voz, y un 60% de neuronas visuales. En éste caso, las extraordinarias interpretaciones de voz y movimiento de Lara, Cayo y Ramos —ocupando un 90% de las neuronas del espectador— a duras penas consiguen igualarse con el 10% de neuronas dedicadas a seguir el texto de Patxo. Así de extraordinario me parece lo que ha escrito Tellería. ¡Eskerrik asko Jaunak!

Texto de Ignacio Suárez-Zuloaga.

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